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RELATO> Burlar al destino Texto: Nerea Riesgo Ilustraciones: Patricia López de San Román 28/10/2008 E1 día de la despedida de la abuela Soledad fue la primera vez que vi vestido a Efraín de Todos los Santos de abuelo normal. Tanto es así que fue mi madre la que me obligó a saludarlo y yo por poco le planto un beso al sacerdote que oficiaba el funeral. Estaba convencida que mi abuelo era un ser estrafalario, original y unos simples pantalones de tergal y una camisa negra de luto no le pegaban para nada, ¿cómo iba a reconocerlo? Aún ahora, a sus ochenta y cinco años, afectado de vejez involuntaria, continúa aparentando menos edad. El carácter juvenil y lo que se afanó por burlar al destino durante toda su vida, lo han convertido en un anciano adorable y para la mayoría de la gente, algo chiflado. Mis abuelos paternos se casaron la famosa mañana de otoño de 1938 en que llovieron ranas y sapos del cielo. El extraño fenómeno meteorológico que ahora tiene una explicación científica totalmente aceptada, fue considerado en aquel momento como símbolo inequívoco de que el matrimonio estaba gafado desde el principio. Y aún fue peor cuanto a la salida de la iglesia, uno de los sapos se posó encima del sombrerito de fieltro de la novia y comenzó a croar dándoles la bienvenida al mundo de los casados entre la lluvia de arroz y los gritos de pánico desgarrador de mi abuela. La pequeña fiesta celebrada desués de la ceremonia se saldó de una manera catastrófica con once familiares en los servicios sanitarios afectados por un ataque de salmonela que esperaba latente en la mayonesa de los entremeses a tener la ocasión de ubicarse en al gún organismo humano. Se pasaron tres horas entre los «uys» y los «ays» del pasillo del hospital. A pesar de que los no vios no probaron los alimentos, mi abuela sintió durante años psicosomáticos dolores de barriga el día del aniversario de su boda en solidaridad con los que sí enfermaron. Así era ella. Cuando después de la fiesta hospitalaria se encaminaron al hotelito de su pequeña ciudad, en el que iban pasar la noche de bodas, se encontraron con que, por un pequeño error de uno de los empleados, estaban registrados en habitaciones separadas. Tras un primer momento de confusión y después de mostrar al empleado el recién estrenado Libro de Familia, el recepcionista comprendió que mi abuela Soledad podía ser la señora de Todos los Santos sin ser la mamá de mi abuelo. A pesar de las mil disculpas y la cesta de frutas que les ofreció el director del hotel para pasar el susto, el problema tenía difícil solución. El establecimiento estaba completo por culpa de la competición anual de petanca que se celebraba desde hacía diez años en la villa y no tenían habitaciones dobles que poder ofrecerles. Tuvieron que conformarse con compartir una cama individual porque la otra opción que les quedaba era ir a dormir a casa de los padres de ella, con mis bisabuelos en la habitación contigua. De todos modos estaban tan cansados del trote de sapos, ranas y enfermos que decidieron dejar las labores matrimoniales para el viaje de novios. Se lo tomaron con calma, a fin de cuentas, al día siguiente saldrían hacía su maravilloso destino en las Alpujarras granadinas. Pero el transcurso de las horas nocturnas no consiguió que el mal fario de mis abuelos se disipara. Las desdichas que su matrimonio provocaba en sus vidas sólo acababan de comenzar. El coche de mi abuelo, un ford de antes de la primera guerra, decidió que el mejor momento para dejar de funcionar fuera ese día, camino de la estación, rumbo a su luna de miel. Mi abuelo que sabía de casi todo, intentó arreglarlo, pero lo único que consiguió fue mancharse de grasa y quemarse con el motor que se desarmó de golpe, entre un estrépito de tornillos y chisporroteos, en el momento en que él abrió el capó. La solución más rápida, pero menos económica, era un taxi, y a pesar de que el dinero no era lo que les sobraba, decidieron usar los fondos «para gastos imprevistos» ya que se trataba de un caso de extrema necesidad si no querían perder el tren. El taxista, un hombre muy amable, prometió a mis abuelos que, por la escandalosa cantidad de 5 pesetas, los dejaría en la estación a las tres en punto, hora en la que partía hacia su destino el Expreso de Granada. El taxista cumplió su promesa y el tren también la suya. Por una vez, en este país de parsimonia, un medio de transporte salía puntual, precisamente en el momento menos conveniente. Mi abuelo Efraín co L reíapor el andén en un Intento desesperado de alcanzar la máquina mientras con una mano agarraba su maleta de cartón de recién casado, y con la otra a mi abuela presa de un coma emocional. Llegaron justo a tiempo para ver partir el tren y no se sabe si fue la taquicardia de la carrera o la impresión de ver que no llegaban, pero algo raro le pasó a mi abuela. Se le borró la vista y, nos aseguró a lo largo de toda la vida cuando le preguntábamos, que no recordaba qué fue lo que le ocurrió. Cuando vio la máquina que debía llevarla a su luna de miel alejándose sin ellos por el horizonte, se dio la vuelta y comenzó a caminar a toda prisa hasta llegar a casa de sus padres y, una vez allí, abrió la puerta cerrándola tras ella con tal fuerza que a poco le parte las narices al abuelo, que la seguía a trompicones, llamándola lindezas y preguntándole a dónde iba sin obtener respuesta. Mi abuela Soledad se encerró en su habitación de soltera y quedó muda durante una semana, se negó a comer y no aceptó ni una sola de las visitas de mi abuelo ya que, a partir de ese momento, consideró que el destino los quería separados y que juntos podían conseguir que el planeta dejara de rodar, o algo mucho peor. Ella misma convenció a todos los familiares de la gran equivocación cometida al contraer nupcias con un medio primo y llegó a la conclusión de que, lo que les había pasado, eran claras señales indicadoras de lo equivocado de su enlace. De esta manera, mis abuelos pidieron la nulidad de su unión un mes después de haberse casado y, como demostraron que no se había consumado el matrimonio, a los ojos de todos, mi abuela seguía siendo una mujer soltera completamente enamorada de su medio primo Efraín. Él, como también continuaba enamorado de ella, decidió seguir visitando a mi abuela disfrazado de las más extrañas maneras con el firme propósito de burlar al destino. Si el destino no se percataba de que era él, si el destino pensaba que se trataba de otro pretendiente de Soledad, podría seguir a su lado. Así, un día era un torero de cuarta categoría con un traje remendado comprado en un mercadillo, otro día un bombero de disfraz alquilado en la tienda de carnavales, un soldado de la segunda república... y cada vez que uno de ellos llamaba a la puerta de la casa de mi abuela, ella lo recibía como si de un desconocido se tratase intentando de este modo que el destino no apreciara que era su amado Efraín en visita de romance. Y de esta peculiar manea, consiguieron evitar su designio sesenta años durante los cuales tuvieron cinco hijos y catorce nietos. Las vecinas no criticaban que una madre soltera tuviera tantas visitas de hombres de todos los oficios. La gente comprendió que ambos en combinación eran un desastre natural. Todo el mundo sabía que el extraño visitante de Soledad era mi abuelo Efraín, así que aceptaban el insólito juego con el que ambos habían decidido engañar a su sino sin dejar de hacer lo que más les apetecía, que era estar juntos. Éste fue el tira y afloja que convirtió sus vidas y las nuestras en una vorágine de rarezas que evitaron que nuestra familia cayera en la desidia o en el aburrimiento. Yo era la única niña del colegio a la que un marinero recién llegado del caribe le contaba extrañas historias de ultramar o que podía presumir de que el rey Melchor se hospedara todas la navidades en su casa. Ahora que la abuela ha muerto, mi abuelo ha decidido que ya ha llegado la hora de mostrarse cara a cara con lo que tenga que ser. Así que ha dejado de asumir la personalidad de otros y ha comenzado a buscar su destino enfrentándose a él vestido de Efraín, el hombre gafado que fue el día de su boda. Hace ya dos meses que ha dejado los disfraces en el armario del pasillo buscando que el destino por fin lo encuentre y que lo lleve al lado de mi abuela. Quizás el destino, que es capaz de desafiar las leyes más elementales de la existencia, haya decidido que ellos estén juntos en algún momento. Aunque sea en el otro mundo. |