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NATURALEZA> Galápagos. Las islas de fuego

Texto y Fotografía: Mariano Belenguer Jané

Las Galápagos son islas de ensueño, recreadas una y otra vez en el maravilloso mundo de las fantasías infantiles. Piratas, aventureros, náufragos, balleneros, extraños animales... viven asociados para siempre al imaginario de este archipiélago. Son las islas encantadas, las islas de fuego, las islas perdidas. Mientras la ficción juega con los sueños de los viajeros, la realidad se muestra exuberante en un paraíso natural amenazado y convertido en un gran laboratorio.

28/10/2008

Entre sus muchos nom­bres fueron denomi­nadas por piratas y corsario s como las is­las de fuego. No esta­ban equivocados es­tos grandes expertos del mar... las Galápa­gas no son más que los restos petri­ficados de lava y magma, acumula­dos a través de millones de años y vomitados desde las mismas entra­ñas de la Tierra como frutos de una indigestión. Las más antiguas son las orientales, y las más jóvenes -lsa­bela y Fernandina-, en el oeste, las que muestran mayor actividad vol­cánica. Debajo de ellas, las placas geológicas Nazca y Cocos son las causantes de la constante inestabi­lidad sísmica de la zona.

Sus mil kilómetros de distancia de las cos,tas americanas las man­tuvieron intactas durante milenios. Desde un avión se divisan como ne­gras manchas, salpicadas al azar, so­bre la mitad del mundo, a un lado y otro de la línea ecuatorial.

Durante muchos siglos permane­cieron camufladas gracias a sus fre­cuentes y persistentes nieblas. Fue­ron islas despobladas, y sus únicos habitantes -una particular flora y fau­na- evolucionaron al ritmo lento que marca siempre la naturaleza.

En el siglo XVI, los caprichosos vientos y las fuertes corrientes ma­rinas arrojaron a sus costas a un fraile dominico, Tomás de Berlanga, que se dirigía a tierras peruanas. El casual descubrimiento del domini­co soriano ocurrió el 1 de marzo de 1535. Al principio no cambió dema­siado la solitaria vida del lugar; sin embargo, dejaron de ser para siem­pre las islas perdidas. Durante los doscientos años siguientes, corsarios y piratas las utilizaron como centro de operaciones. El archipiélago era un genial escondite para reparar sus barcos, proveerse de leña, aceite y carne de tortugas, repartir botines y planear nuevos asaltos.

Islas Encantadas

Poco a poco, las Galápagos comenzaron a conocerse en­tre los navegantes más intrépidos. En algunos de los mapas de la época se registraban y dibujaban con el enigmá­tico nombre de las «Islas Encantadas». La extraña vegetación, su misteriosa fauna y la niebla que las envolvía, ali­mentaban miedos y fantasías que fa­vorecían a los bucaneros.

Un siglo después los piratas fue­ron sustituidos por los balleneros -entre ellos el famoso expediciona­rio capitán inglés james Colnett­que también utilizaron las islas pa­ra recalar sus barcos. Era finales del siglo XVIII y las Islas Encantadas, a pesar del expolio generado por pi­ratas y balleneros, por suerte pa­ra la fauna del lugar, seguían des­habitadas.

El archipiélago perteneció ofi­cialmente a la Corona Española y en 1832 entró a formar parte del Estado Ecuatoriano. Poco tiempo después, en 1835, las islas recibie­ron una trascendente visita. Char­les Darwin llegó a bordo del Beagle, tenía 22 años y permaneció duran­te cinco semanas contemplando y estudiando la extraña y particular fauna. Sus observaciones abrirían uno de los debates más importan­tes en la historia de la ciencia. Las Islas Encantadas quedarían vincu­ladas para siempre a la Teoría de la Evolución de las Especies, el nuevo paradigma que echaría por tierra las ingenuas interpretaciones bíblicas de la creación.

No es difícil imaginar al joven Darwin caminado ensimismado por las negras tierras volcánicas, por las costas plagadas de iguanas o por las playas en las holgazanean los lobos marinos. La sinfonía biológi­ca que se descubre hoy no ha cam­biado mucho, a pesar de la insis­tencia de los humanos en destruir los paraísos.

Actualmente las islas Galápagos están organizadas administrativa­mente como una provincia más de Ecuador dividida en tres cantones: Santa Cruz, Isabela y San Cristóbal. Cada uno de estos cantones lleva el nombre de la isla más grande que lo configura y agrupa a un conjun­to de islas. En total, el archipiélago lo configuran 19 islas. Hay 13 islas denominadas mayores y seis meno­res, a las que hay que añadir más de cien pequeños islotes. Todo un ro­sario de recónditos paisajes que de­jan perplejo al visitante y que confi­guran una superficie total de 8.009 kilómetros cuadrados.

La capital de la provincia es Puerto Baquerizo Moreno, que se encuentra en la isla de San Cristóbal y tiene al­rededor de 6.000 habitantes. Sin em­bargo, el núcleo de población más im­portante es Puerto Ayora, en la Isla de Santa Cruz, que cuenta con 10.000 ha­bitantes. El tercer núcleo importante habitado es Puerto Villamil, cabece­ra del cantón de Isabela, y su pobla­ción ronda las 2.000 personas. En el último censo efectuado, en diciembre de 2006, por el Instituto Nacional de Galápagos (INGALA) la población total de las islas ascendía a más de 19.000 habitantes. Esto pone en evidencia un desmesurado crecimiento demográ­fico y un fuerte proceso de inmigra­ción que está perjudicando, junto a otras amenazas, la frágil estabilidad ecológica de las islas.

Puerto Ayora, el punto de par­tida> La puerta de este frágil edén se abre en el pequeño aeropuerto de la Isla de Baltra, casi unida a las Is­la de Santa Cruz y que conecta con Puerto Ayora.

Un calor denso suele dar la bien­venida al viajero nada más salir del avión. El aeropuerto, minúsculo, con dos únicas terminales, goza del su­gestivo encanto de la desolación. Sin embargo, la tranquilidad se rompe con frecuencia debido a la bullicio­sa presencia de los grupos de tu­ristas programados, que se mue­ven nerviosos, agrupados como un único ser, a las órdenes del guía. A la salida de la terminal sólo se apre­cia una pequeña pista con una ro­tonda y diminutos puestos de arte­sanía que se alinean a un lado para ofrecer recuerdos de última hora a los turistas que retornan. Allí mis­mo suelen coincidir casi siempre va­rios autobuses. Todos cargan a los turistas para conducirlos directa­mente a los embarcaderos que los llevarán a sus organizados tours. Entre todos los grandes vehículos, el viajero que vaya por libre descu­brirá rápidamente el autobús de la línea regular, mucho más sencillo, que conduce a los lugareños hasta Puerto Ayora. Esta es la mejor op­ción para el visitante que quiera co­nocer todas las facetas de estas is­las y sus gentes.

El autobús autóctono transita des­pués por una estrecha pista asfal­tada que conduce en unos minutos a un pequeño embarcadero. Des­de allí se pasa a Isla de Santa Cruz atravesando el canal de Itabáca. El paisaje resulta árido pero la fauna del lugar no suele tardar en hacer acto de presencia. Es habitual en­contrarse alrededor del embarca­dero con pacíficos pelícanos y con un poco de suerte piqueras, fraga­tas, y otras especies de aves... que hacen intuir al viajero la singulari­dad de esos lugares.

Las dos islas prácticamente es­tán juntas. El canal de Itabáca no es más que un pequeño brazo de mar y los embarcaderos de ambos lados se ven a tiro de piedra. Al subir a la pequeña barca que los une, el via­jero no tardará en observar el acen­to de los lugareños que no dejan de hablar entre sí con esa cadencia es­pecial, al ritmo pausado que goza la vida isleña. El embarcadero de la Isla de Santa Cruz, no tiene más que una pequeña taberna y una ex­planada donde habitualmente espe­ran dos o tres taxis, algún coche par­ticular y el autobús de enlace para recoger a los pasajeros. Éste segun­do autobús efectúa un trayecto más largo, atraviesa toda la isla de nor­te a sur y pasa por las pequeñas al­deas de Santa Rosa y Bellavista, ha­bitadas por colonos, dedicados a la agricultura.

La imagen de una isla desierta se desvanece a los ojos del viajero. La carretera comienza a descender y pronto se divisa el núcleo urbano de Puerto Ayora al que se accede por la Calle de Baltra. La última parada del autocar es en el mismo centro del pueblo. A la derecha se ve un pe­queño puerto instalado en la boca de un brazo de mar que se adentra formando la Laguna de las Ninfas. En frente, la Plaza de San Francisco, una zona ajardinada presidida por la escultura de un piquera de pa­tas azules, una de las especies más representativas del lugar. A la iz­quierda se abre otra calle que con­duce a la Fundación Charles Darwin ya las oficinas del Parque Nacional de Galápagos, ambos centros están próximos el uno del otro. El viajero ha llegado justo al centro neurálgi­co de las Islas Encantadas.

Rutas por el edén de la bio­diversidad

Desde aquí las po­sibilidades para conocer el archi­piélago son múltiples. Existen des­de pequeñas embarcaciones locales, que hacen pequeños recorridos por las costas de Santa Cruz y las islas próximas, hasta cruceros de una se­mana o nueve días, que efectúan am­plios recorridos, viajando por la no­che y aprovechando el día para visi­tar los enclaves más significativos. Aun así, aunque el viajero se lleve miles de imágenes en su retina o en la memoria de su cámara, sólo ha­brá visto una pequeña muestra de la riqueza de las islas.

La misma isla de Santa Cruz ofre­ce infinidad de posibilidades. Aden­trarse en sus calas y pasear por sus playas garantiza deslumbrantes es­pectáculos. Son de gran interés, en­tre otros puntos, la Caleta Tortuga Negra, la Bahía Academia, Punta Es­trada, la Playa Bachas, en el norte de la Isla. Desde estos lugares de aguas trasparentes, propicias para buceo se pueden contemplar tortugas ma­rinas, rayas y miles de especies de peces tropicales.

Una visita al interior de la isla nos permitirá observar las tortugas gi­gantes terrestres en su propio hábi­tat. No conviene perderse tampoco los innumerables túneles de lava, curiosas formaciones generadas por su rápida solidificación, que confi­gura cuevas y extraños pasillo bajo tierra. Por supuesto, es indispensa­ble la visita a la Fundación Charles Darwin y a las oficinas del Parque Na­cional Galápagos. En ambos centros se proporciona al visitante una im­portante información. En la Funda­ción Darwin hay además un criade­ro de tortugas de gran interés.

Un recorrido hacia el norte de Santa Cruz nos conduce a la isla de San Salvador, también llamada San­tiago, y sus dos pequeñas compa­ñeras, la isla de Bartolomé y la isla Rábida. Santiago tiene una superfi­cie de 585 kilómetros cuadrados. Algunos de los lugares más asom­brosos de esta isla son Puerto Egás, la Bahía james y la Bahía Sullivan, con sus configuraciones fantasma­góricas, creadas por la lava en con­tacto con el mar. Entre sus huecos encontraremos miles de iguanas y, por sus alrededores, aves como las fragatas, los piqueros o flamencos. No faltan los lobos marinos llama­dos de 'doble pelo', de una especie más pequeña que la habitual y de piel más gruesa.

La reducida isla de Bartolomé, con tan sólo 1,5 kilómetros cuadrados, la utilizan muchos guías como punto iniciático para visitar el archipiéla­go. Es una de las más fotografiadas, por su roca pináculo, que la identi­fica, y sus espectaculares paisajes. La isla es todo un museo natural que ofrece un recorrido, lleno de cráteres y una endémica flora. Se asciende, por un recorrido delimitado, hasta la cumbre y desde arriba lo que se percibe es un poema visual cuyos versos armonizan en una rima con­sonante de formas y colores.

La isla de la Rábida, más grande que Bartolomé, resulta curiosa por el espectáculo de lobos marinos, que descansan agotados de las constan­tes peleas entre ellos para defender sus manadas de hembras. 

Hacia el este de Santiago nos en­contramos las islas Isabela y Fernan­dina. La primera de ellas es la más grande del archipiélago, con una su­perficie de 4.588 kilómetros cuadra­dos. Tiene cinco volcanes en activo y conserva la mayor colonia de ga­lápagos de todo el Parque. Además de los volcanes, otros puntos clave para contemplar la rica fauna del lugar son la Caleta Tagus y la Bahía Urbina, en la costa oeste.

La isla Fernandina, situada más al occidente, y separada de Isabela por el canal de Bolívar, está configurada por un gigantesco volcán con una cal­dera de 900 metros de profundidad. Es la isla más joven y tiene frecuen­tes erupciones. Sólo se puede visitar en un punto -Punta Espinosa- situa­do en el estrecho que separa las dos islas. Las colonias de iguanas, lobos marinos, pingüinos y piqueros de pa­tas azules nos permiten contemplar la naturaleza en su estado más puro e intacto. Es también lugar propicio para observar a los cormoranes no voladores, única especie con estas características en el mundo.

Hacia el norte nos encontramos otro conjunto de islas más peque­ñas: Pinta, Marchena y Genovesa. Al sur, Santa Fe, La Española -con una gran colonia de albatros- Floreana y la más afectada por al intervención humana, San Cristóbal. Cada isla tie­ne su propia personalidad, su propia historia, sus leyendas... pero todas ellas en su conjunto configuran un laboratorio rebosante de vida.

Hoy el aumento demográfico y la fuerte inmigración, la falta de alter­nativas a la explotación pesquera y un desmesurado crecimiento del tu­rismo, están generando conflictos que han puesto en alerta a científi­cos y ecologistas. Acechan en estos momentos muchos peligros, provo­cados por intereses encontrados y la falta de sentido común que caracte­riza a la especie humana en sus rela­ciones con la naturaleza. Pero tam­bién tiene grandes defensores que trabajan incansablemente para que uno de los últimos paraísos no des­aparezca para siempre.

Los científicos de la Fundación Charles Darwin en un reciente infor­me -Galápagos en Riesgo- publicado en mayo de 2007 concluyen con un inquietante interrogante: «Es proba­ble, dicen, que nuestra capacidad de enfrentar el reto de integrar el de­sarrollo sustentable y la conserva­ción en Galápagos refleje el futuro del mundo. Si no podemos lograr que en Galápagos funcione un mo­delo social y de conservación sos­tenible, ¿es posible que funcione en otro lugar del mundo?» La respues­ta está clara.

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Punta Espinosa Punta Espinosa
Punta Espinosa  Puerto Ayora, en la Isla de Santa Cruz, es el núcleo de población más importante  León Marino (Puerto Ayoram, Santa Cruz)  Garcilla Coroniamarilla (Puerto Egás)  Tortuga (Estación Darwin)  Iguana Marina (Santa Cruz)  Pelícano (Santa Cruz) 
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