Fundación Cruzcampo

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Publicaciones .Blanco y Oro

FIRMA INVITADA> La flor del lúpulo

Por Andrés Trapiello

28/10/2008

Algunos años después de la guerra se entronizó en los regadíos de León un cultivo hasta entonces descono­cido en ellos, el lúpulo, que cambióla fisonomía del paisaje, y algo, po­co y transitoriamente, las modestas economías del paisanaje.

Las tierras frías y míseras han si­do siempre objeto de las coloniza­ciones agro pecuarias. Se diría que es condición del hombre del campo probar suerte, como quien, necesi­tado o desesperado, busca en la lo­tería un cambio de fortuna, lo que le lleva a comprar muchas pequeñas participaciones en diferentes núme­ros, como si en realidad no necesi­tase tanto hacerse rico sino salir de pobre. Por esa razón los agriculto­res leoneses probaron sucesivamen­te toda clase de cultivos, buscando en ellos su particular Dorado. Unos años le tocó a la remolacha, otros al lino o a la menta o a la calza o al girasol o al algodón; a veces la raza charolesa dio paso a la parda o a la retinta, y los establos cambiaron de color como un fondo de armario, en tanto que los cochinos belgas veían cómo eran destronados en sus za­húrdas por los un poco más aristo­cráticos marranos de la casa Hampshire. En esa variación han tratado los hombres del campo, claro, de monetarizar unas vidas condenadas a menudo a las economías de sub­sistencia y al trueque. 

Quién y cómo introdujo el lúpu­lo en León (y a través de León en Es­paña) es cosa para dilucidar. Se ha­bló de cierto jerarca local, empleado del Ministerio de Agricultura, que en los años cincuenta, amparado si no animado a ello por las autoridades autárquicas, introdujo clandestina­mente en un Hispano Suiza algunos plantones procedentes de Francia. La novedad causó sensación y en muy poco tiempo corrió la voz de aquel nuevo cultivo por los pueblos de la ribera del Torío, a los que se suma­ron los del Porma, los del Esla, los del Curueño, cualquiera que tuvie­se un río cerca. Todos cantaban sus excelencias. ¿Y para qué servía? Eso hubiese sido lo de menos, porque los agricultores no son gentes a las que, pasado un punto, pique dema­siado la curiosidad. Sólo se sabía que la flor del lúpulo era muy necesaria para darle ese sabor característico y amargo a la cerveza. Es fácil imagi­nar que esto, en pueblos en los que se bebía únicamente vino peleón, era una cuestión irrelevante, si, llegada la recolección, había alguien que se hacía cargo de la cosecha, como, en efecto, así ocurrió. Aparecieron ma­yoristas, corredores, compradores de lúpulo por todas partes que se llevaban en viejos camiones íntegra la producción a tierras altas de Eu­ropa donde la gente, a falta de vino, había de resignarse con la cerveza, ya las que sin duda compadecían en secreto por ello.

Dejemos de lado esa característica de una España que desprecia cuanto ignora, y centrémonos en el lúpulo, origen de estos recuerdos.

Quien no haya visto una plantación de lúpulo lo ignora todo del cubismo agrario. Para su cultivo se sembraban los campos necesariamente llanos de altos postes, parecidos a los del telé­grafo. Tenían estos postes de madera una altura de tres metros y medio o cuatro e iban alineados a cordel, ca­da dos o tres metros, en largas hile­ras, unidos por un cable, donde se sujetaban las guías o alambres que partían de la tierra y por donde ha­bía de trepar la planta. Distaban es­tas guías entre sí cosa de un metro. En invierno, cuando únicamente se divisaban los postes y las guías des­nudas, el panorama de los campos de lúpulo era precioso, porque pare­cían darle al paisaje un celaje, como digo, cubista, tan regular, tan escua­drado. Había en ellos algo siempre de una telegrafía poética y absurda que pareciese presagiar una primave­ra portátil, para decirlo con el título de un poeta vanguardista. Cuando a partir de mayo o junio comenzaban a crecer las plantas, aquellas vegas y riberas, las más hermosas del mun­do, se vestían con cortinajes y pla­nos geométricos de un verde tenue, azulado como los ojos de un lactan­te, que parecían estar pidiendo a gri­tos la paleta de Cézanne. 

Pero aún faltaba el momento de plenitud, aquel en el que la flor del lúpulo cubría de arriba abajo aque­llas lianas geométricas. Eran flores livianas, parecerían incluso hechas de papel Manila, tan poco pesan. Tie­nen la forma de un copo escamado, como una pequeña piña, y podían recordar en algo al algodón, pero lo que las diferencia de este es... su olor. En realidad habría que hablar de un perfume, más que de un olor. No es fácil describírselo a quien no lo ha sentido nunca, como hablar de colores a un ciego de nacimiento. La flor del lúpulo tiene un aroma áspero y embriagador, muy suave y frutal. Huele al cuerpo de una joven y a una noche de verano y al rocío que cu­bre los campos las mañanas de agos­to. Si la poesía oliera, olería a lúpu­lo más incluso que a rosa o a viole­ta. Huele a rosa y a violeta, al mismo tiempo, pero sin haber cursado es­tudios ni en rosas ni en violetas. Es un olor por libre, autodidacta, úni­co, independiente, el olor viril que las mujeres encuentran irresistible justamente porque lo descubren en hombres un poco peligrosos. Creo, sí, que es un olor varón, como hay otros olores hembra.

La recolección del lúpulo, en los primeros días de septiembre, era, en cierto modo, una fiesta. Los recolec­tores, mujeres en su mayor parte, sentados en el surco, echaban abajo esas lianas, y allí las despojaban de sus flores. Incluso los niños podían hacer ese trabajo, y había muchos, que parloteaban o correteaban co­mo gorriones. Era casi una distrac­ción y el tiempo era todavía benig­no. Se hablaba, se reía, se cantaba, mientras los dedos expertos busca­ban flores entre las hojas. Al hacer­la, se desprendía aún más ese olor intenso, que parecía embriagar a to­do el mundo...

Algo de aquello, la belleza de las plantaciones, la alegría de la cosecha y el perfume de sus flores, me pareció siempre que iría a parar a la cerveza, y así creo que ocurre y así me sigue pareciendo cuando doy el primer sorbo a una cerveza fría y prometedora, uno de esos raros placeres elemen­tales que no caducan nunca. 

Los campos de lúpulo de León hace tiempo que se arruinaron, se arrancaron los postes y se deshizo todo aquel cubismo agrario. Pero el olor del lúpulo persiste, persistirá mientras viva, es más fuerte que to­do, libre, montaraz, seductor e inco­rregible, como esos hombres de los que quiero imaginar se enamoran un poco todas las mujeres.

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Andrés Trapiello Andrés Trapiello
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