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PORTADA> Badajoz. Detenida en el tiempo

Badajoz, ciudad marinera de secano, ofrece al visitante sorpresas escondidas en cada rincón. Aquél que esté dispuesto a sumergirse en ella encontrará a cada paso retazos de una historia tan apasionante como desconocida.

28/10/2008

En Badajoz existe un agujero por el cual se accede al pasado. No mucha gente lo sa­be, pero este hueco, del tamaño justo de un hombre, está es­condido en un lugar que por ahora ocultaré al lector, cosas del suspen­se. Justifico este misterio diciendo que no todo el mundo quiere viajar al pasado y vivir de primera mano aquello que sustenta el presente, por­que tiene cosas que hacer, ha con­certado una cita, o sencillamente no le apetece. Por eso, cuando veamos una ráfaga de luces blancas segui­das por unas rojas, sabremos que es algún despistado visitante de es­ta ciudad que no tiene tiempo pa­ra perder y acelera para llegar a su destino. Tan sólo estoy de paso, di­rá. Pero si el lector tiene paciencia y continúa hará un viaje del que no podrá traer fotos como recuerdo. Tan sólo la reconfortante sensación de haber vivido algo singular, siem­pre que su disposición para disfru­tar sea la precisa.

Cierren los ojos, abran la mente y apréstense a atravesar la barrera del tiempo y el espacio. 

Si mis cálculos son precisos, nos hallamos en el siglo IX, año 875 en concreto. Lo primero que divisamos es un río ancho y caudaloso que fuerza su camino por innumerables recodos a través de las llanuras en su huida hacia el Poniente. ¿Qué río es ese?

Es el Guadiana, que se extiende como un espejo de este a oeste, per­diéndose en el horizonte que no al­canzan a ver nuestros ojos. Discurre a nuestros pies, y éstos se encuen­tran sobre una pequeña colina que en el futuro recibirá el nombre de Ce­rro de la Muela, aunque sus habitan­tes todavía no lo saben. A nuestro la­do acaba de pasar a todo galope Ibn­Marwan el-Chilliqui, musulmán recio y de barbas espesas, jefe del peque­ño poblado que aquí se asienta. Aca­ba de transmitir a su pequeño grupo de seguidores el nombre con el que, con ligeras modificaciones, será co­nocido en el futuro su asentamiento: Batallyos. Él tampoco sabe que siglos después su original nombre vendrá recordado en una fiesta a la que lla­marán Almossasa Batalyaws, pero eso será escrito en otra historia.

Por ahora, podremos ver con los ojos de un observador de excepción cómo este pequeño asentamiento ha crecido en un par de siglos, tan­to, hasta el punto de convertirse en la capital de una las Taifas o Reinos más importantes de la Península. He­mos saltado al siglo XII. 

Ataviados con ropajes de la épo­ca paseamos por sus calles cuyos edificios nos deslumbran con un es­plendor que no podíamos imaginar al asistir a la fundación de esta ín­fima aldea. Según cuentan, numero­sos artistas y sabios se han reuni­do en Badajoz para hacer germinar los frutos de su ingenio, y nos dicen orgullosos que la mayor enciclope­dia redactada hasta el momento na­ció aquí. Maravillados por lo que en­contramos a nuestro paso seguimos nuestro azaroso deambular. Al do­blar una esquina, nos paramos en seco y palidecemos: la imponente Alcazaba de Badajoz se yergue an­te nosotros amenazadora y podero­sa. La empalizada original levantada por Marwan se ha convertido en una compacta construcción de piedra y ladrillo que, sabemos, será admira­da en los siglos venideros como una de las mejor conservadas.

Recorremos sus adarves siguien­do su hilera de almenas hasta en­contramos con una curiosa torre. Intrigados por su extraña forma oc­togonal, preguntamos a los habi­tantes y nos dicen que es la llama­da Torre de Espantaperros, aunque no tienen muy claro por qué la lla­man así. ¡Claro que he oído hablar de ella! No es muy conocida, pero la hermana a la que sirvió de modelo posteriormente sí que lo es: la To­rre del Oro de Sevilla.

Es una lástima tener que abando­nar esta época (muchas leyendas se narran con voz queda a la luz de una hoguera), pero conviene avanzar un poco en el tiempo antes de que ano­chezca. Pasamos por alto un perío­do un tanto tormentoso para nues­tra ciudad; las batallas hacen caer la media luna musulmana y la cruz del cristianismo avanza inexorable por toda la Península. Los árabes de­jan aquí un legado muy importante que definirá la personalidad peren­ne de Badajoz.

Plaza fuerte 

Nuestro siguiente destino es el siglo XIV, cuando ya Badajoz está en manos de los cas­tellanos desde hace dos siglos, pe­ro se trata de un botín lo suficien­temente valioso como para dejarlo escapar, por su estratégica situa­ción geográfica. Intuimos que no co­rren buenos vientos yeso nos lle­va a ponernos a cubierto. Por otro fugitivo de las borrascas, guareci­do en el mismo soportal, nos ente­ramos de que Portugal ha roto un pacto hecho con Enrique III de (as­tilla y ha invadido la ciudad, pero éste ha enviado a sus huestes para retomarla, y por lo visto tienen or­den de no ser demasiados gentiles con los reticentes. El panorama no resulta muy alentador, así que deci­dimos agarramos a las alas del tiem­po y seguir galopando en busca de más historias.

Como si de un mal presagio se tratase, casi por casualidad hemos asistido casi a uno de los primeros enfrentamientos reales que habrían de tener lugar entre España y Portu­gal en los siglos venideros. Ambos países siempre quisieron mantener de su lado a esta ciudad tan bien si­tuada en el mapa al controlar un pa­so natural entre las dos fronteras y con muchos recursos que abastecen sin problemas a Badajoz y a las zo­nas aledañas: tierras fértiles, agua en abundancia y posición elevada des­de la que controlar los llanos circun­dantes. En la actualidad estas renci­llas ya se olvidaron y de ellas ha na­cido un estrecho contacto comercial que convierte a Badajoz en una de las fronteras más permeables y activas de ambos países. 

Casi por arte de magia (y en es­te relato fantástico todo es posible) aparecemos vestidos de gala como testigos de excepción en un momen­to histórico para la historia de Bada­joz. A finales del siglo XV la ciudad acoge con fastos al monarca Felipe 11 que, según cuentan los rumores, ha establecido su corte aquí para or­ganizar su ascensión al trono por­tugués. Y como cada buena noticia tiene su anverso negativo, su cuar­ta esposa Ana de Austria ha falleci­do víctima de una gripe epidémica tan común en esta época. Su cuer­po fue enterrado en el Real Conven­to de Santa Ana pero unos años des­pués sus restos fueron trasladados al Monasterio de El Escorial. Como reconocimiento, se permitió que las entrañas de la Reina permaneciesen en suelo pacense. Una lápida bajo las frías losas del coro da testimo­nio: «Aquí están las entrañas de la sereníssima reina de España Doña Anna de Austria madre del rei Don Phelipe tersero».

Nuestro traslado en el tiempo nos conduce a presenciar cómo los siglos XVIII y XIX ponen a Badajoz de nuevo sobre el tablero del aje­drez político. ¡Cuánto ha cambiado desde la última visita! La orgullo­sa Badajoz ha adquirido en estos años las trazas de una ciudadela, una plaza fuerte considerada co­mo una de las mejor amuralladas de toda Europa y que hay que de­fender de las constantes amenazas e invasiones que proceden de más allá de las fronteras españolas. Eso explica que muchos edificios, des­graciadamente, no han podido lle­gar al hombre contemporáneo. Las Guerras de Independencia y Suce­sión instalan sucesivamente a fran­ceses, ingleses y portugueses tras sus murallas y fosos, pero la Ciu­dad, como un ente poderoso que no teme traición alguna, mantiene alti­vo e intacto su propio carácter. Ve­mos desfilar grandes figuras de esta época, como el ingenioso márques Vauban, creador del sistema defen­sivo que lleva su nombre, o el gene­ral Menacho, que defendió valero­samente la plaza ante el impetuo­so avance del ejército francés. Sus nombres siempre quedarán en nues­tra memoria, porque son las accio­nes de los grandes hombres las que cincelan sin saberlo la caprichosa silueta de la Historia.

De ayer a hoy

Mucho hemos recorrido desde los sueños de gran­deza de un rebelde musulmán has­ta la Badajoz que hoy (el hoy de us­ted, querido lector) se extiende, co­mo perro fiel ante los pies de su amo, en el regazo de su río eterno. A tra­vés de la Puerta de Palmas vemos el sosegado discurrir de un Guadiana que ha sido testigo silencioso de gue­rras, intrigas, celebraciones y victorias de una ciudad cien veces batida y mil veces levantada. Dicen que el agua no pasa dos veces por el mis­mo sitio, pero si las aguas del Gua­diana pudiesen hablar nos narrarían una sorprendente historia acerca de la ambición y la lucha por la super­vivencia del ser humano. 

Salimos de ese largo corredor de doce siglos cuyas bóvedas sostiene la historia. Ahora nos enfrentamos a la realidad. Y nuestra realidad inme­diata es cubrir nuestras necesidades básicas tras un largo viaje: un buen desayuno con café y tostadas. A los pacenses les gusta disfrutar de su periódico matutino sentados cómo­damente en una terraza (y la Plaza de San Francisco se presta muy bien a este menester) y saludando a los conocidos y amigos que se cruzan con ellos. Los bares bullen de vida desde muy temprano, como lanza­dera matutina hacia lugares de tra­bajo, asuntos comerciales o sim­plemente hacia el placer de pasear. A este respecto, los griegos inven­taron un término muy conveniente para una práctica que es innata en el pacense. El 'agorazein' significa, de manera literal, dirigirse al ágora, pero con una manera muy determi­nada de desplazarse. En apariencia no es muy distinto del caminar, pe­ro si se presta atención se observa que se hace de una sutil forma, muy determinada y peculiar.

No existe una palabra equivalen­te en castellano, pero 'agorazein' po­dría traducirse más o menos como callejear, deambular por la ciudad sin plan ni objetivo determinados, a pa­so lento, con las manos enlazadas a la espalda y deteniéndose a cada pa­so para meditar, curiosear o charlar con el acompañante. El trazado del centro de la ciudad, de su parte an­tigua, es el idóneo para realizar ese peripatético ejercicio, esencialmen­te meridional, que forma parte de la cultura mediterránea y la tradición árabe. Calles estrechas e irregula­res que se entrecruzan de forma ca­prichosa, con rincones y recovecos insospechados a la vuelta de cual­quier esquina.

En nuestro particular y errático agorazein pasamos por la comercial calle de Menacho, un sinfín de per­sonas que como inquietas abejas an­te las celdas del panal entran y salen de los comercios. Pero como nuestra intención no es comprar, seguimos nuestros pasos que nos llevan por el casco antiguo de la ciudad. Llegamos hasta un área porticada a la que lla­man «Plaza Alta» y nace extramuros a nuestra ya conocida Alcazaba. Se trata de una original plaza portica­da al estilo de las mayores de Sala­manca o Madrid, con una restaurada decoración renacentista y barroca. Su rehabilitación reconduce el pul­so de la ciudad hacia sus orígenes. y así nos lo indican las bellas fachadas de los edificios que la rodean. Antes hemos atravesado la plazuela de la Soledad, espacio donde se asientan algunos de los edificios más singu­lares de la ciudad: La Giralda y Las Tres campanas.

Bajamos hasta las orillas del Gua­diana, donde los planes de habilita­ción de sus márgenes permiten a los ciudadanos rendir el debido tributo a la vital arteria de Badajoz. La voca­ción marinera de los pacenses se ve colmada en las verdes playas de sus frondosas riberas, donde el Embar­cadero les hace soñar con un puer­to imposible. Desde el Puente de Pal­mas asistimos al instante irrepetible de la puesta de sol que tiñó el cielo de imposibles vapores rojos.

¿Despedida?

Este viaje va to­cando a su fin, porque todas las historias lo tienen. Y en este caso es justo en el centro de la ciudad, la plaza de España o campo de San Juan, donde se levantan el Palacio Municipal y la austera Catedral man­dada edificar por Alfonso X «el Sa­bio» y consagrada en 1276. Entre los muros del insólito templo dio­cesano, mitad iglesia, mitad forta­leza, se guarda una notable colec­ción de obras de arte de extraordi­nario valor junto a documentos de gran interés histórico. Autor de al­gunas de ellas es el inmortal pin­tor pacense Luis de Morales, inmor­talizado en bronce ante la facha­da del edificio consistorial y uno de los laterales. 'El Divino' nos ha­ce un guiño desde su pedestal de bronce, no sabemos si como salu­tación o despedida.

Fin de trayecto. Muchos lugares quedan sin desvelar, pero si le hu­biese mostrado todo, ¿cuál sería el placer de volver de visita? Además, las ciudades palpitan solas, y tan­to el turista despistado como el vi­sitante ocasional deben acompasar su propio ritmo a sus latidos. Si al­guna vez pretende volver a encon­trar por su cuenta esa brecha en la piel del tiempo, no le pregunte a na­die para que se lo indique. Sólo en­contrará cómplices sonrisas. En es­ta ciudad cada uno practica su pro­pio agorazein: coloque sus manos en la espalda, abra los sentidos y vue­le con las alas de la fantasía. El año que viene seremos una máscara en el Carnaval de Badajoz.

Una ciudad a la medida del hombre

Badajoz es ciudad de gustos bási­cos, con la caña y el tinto como ca­si únicas alternativas. Dos bebidas muy netas que aquí se suelen ser­vir, por lo general, acompañadas de un generoso aperitivo. Las pre­ferencias, sobre todo las de los jó­venes, se decantan claramente por la cerveza y de forma particular por la de grifo. Blanco y oro para calmar la sed, para cultivar la amistad, pa­ra no olvidar que vivimos.

En Badajoz se vive. Este lema, acu­ñado por el consistorio local para la promoción de la ciudad en los años 80, fue todo un acierto aunque ape­nas llegase a calar. No se puede ex­presar con menos palabras la autén­tica cualidad, la esencia real de la capital de la provincia del sur de Ex­tremadura. El principal valor, la ver­dadera grandeza, el mejor patrimo­nio de la ciudad pacense es, senci­llamente, ser una ciudad hecha a la medida del hombre y, cómo no de­cirlo, de las mujeres. Esa dimensión es la clave de su encanto y lo que hace a sus 140.000 habitantes sen­tirse felices y orgullosos.

En efecto, Badajoz es una ciudad ideal para vivir. Tiene el tamaño jus­to: ni muy grande ni demasiado pe­queño. Aquí hay de todo y todo está a mano, cercano y asequible. A pe­sar del estirón de los últimos años, su crecimiento ha sido aceptable­mente sostenido, de forma que los vecinos aún pueden reconocerse y saludarse cuando se encuentran en la calle.

Pero los puntos de reunión por ex­celencia son los bares. Y Badajoz ha gozado de la fama de tenerlos muy buenos. Incluso cuando los Gambri­nus eran establecimientos selectos que se circunsribían a las principa­les ciudades, la capital pacense tu­vo el suyo, allá por los nada felices años 30, en pleno centro de la ciu­dad. Muchos años después, en otro lugar y acaso con otra estética, ha resurgido el Gambrinus.

Esta cervecería es una de las más concurridas de la ciudad. Se encuen­tra en la barriada de Valdepasillas, en cuyo entorno se cuenta un buen número de establecimientos simi­lares y bares de ambiente noctur­no. Pero el Gambrinus tiene algo peculiar; un toque personal, un di­ríamos, sabor especial. ¿Será acaso la cerveza?

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La luna alumbra el Puente de Palmas sobre el río Guadiana La luna alumbra el Puente de Palmas sobre el río Guadiana
Detalle de la puerta de acceso al edifico de la Galera, junto a los jardines que llevan su nombre  Muralla y Torre de los Ahorcados de la Alcazaba de Badajoz, situada a orillas del río Guadiana  Estatua del Parque de Castelar  Soportales abovedados en la Plaza Alta de Badajoz  La Catedral de Badajoz se eleva imponente sobre el cielo pacense  Puende Palmas sobre el río Guadiana  Calle del casco antiguo  Interior del Gambrinus de Badajoz 
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