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DELICATESEN> Nanoilusión

Por Isabel González Turmo

28/10/2008

La comida siempre ha sido un instru­mento útil en la lucha generacional. No hay mejor manera de llamar la atención de una madre que amena­zando con no comer. Sólo que cuan­do la comida escasea la tentación es menor. En España, cuando las fami­lias eran, sobre todo, numerosas y el plato común, pocos niños se atrevían a hacerle ascos a la comida. El que protestaba se quedaba sin comer. Pe­ro a medida que se alcanza, por for­tuna, la suficiencia alimentaria cada comensal, por corta que sea su edad, se convierte en un exigente consumi­dor. Hoy en día, en muchas casas se come casi a la carta. Da igual tirar de preconizados o de comida rápida, el caso es que los niños coman y para eso debe ofrecérseles lo que quieran. Las abuelas que pasaron hambre en los años de posguerra son, inevita­blemente, cómplices de este estado de cosas. Su mayor ambición es que a los suyos no les falte lo que ellas no tuvieron. El problema es que les faltó mucho y que hoy el mercado ofrece demasiado. ¡Qué abuela se re­siste a comprar a su nieto ese dulce multicolor que brilla debajo del ce­lofán con un pequeño juguete como premio añadido!

Las consecuencias de tan buenas intenciones ya se conocen: malos hábitos alimentarios y problemas de salud. Pero la situación tiene re­medio. Es más: lo tendrá con segu­ridad, a medida que las nuevas ge­neraciones de padres, que no cre­cieron ya en la posguerra ni tienen memoria del hambre y la carestía, sean correctamente informados por los educadores y responsables sani­tarios. Educación e información son los mejores recursos para desarro­llar hábitos saludables.

Eso es precisamente lo que ha­bían adquirido los padres del ni­ño que soñaba con cambiar los ali­mentos a su antojo: estaban perfec­tamente informados y habían hecho de la salud familiar una cuestión de principios. Pero a Roberto, que así se llamaba el niño, no se le iba de la cabeza una idea: ¿Qué podía inven­tar para convertir la bolsa de judías congeladas en cereales de chocola­te y los garbanzos en espaguetis? ¿Cómo sería el mecanismo? Imagi­naba unos polvos que los transfor­maran, ya en el plato, de golpe y po­rrazo o ¡mejor aún! un botón que al apretarlo cambiara el alimento den­tro del paquete. Sólo de pensarlo, se le iluminaba la cara. Ya veía a su madre abrir el armario de la cocina para coger una lata de alcachofas y encontrar sólo pollo, patatas fritas, ketchup, espaguetis, chocolate, ga­lletas y helados.

Pero, después, al volver del cole­gio, la dura realidad se imponía so­bre la mesa: verduras frescas y le­gumbres a diario, cinco raciones de fruta al día, mucho pescado y car­ne... ¡sólo dos veces a la semana! Y no esa sólo eso: a su madre le en­cantaba probar platos nuevos: co­piaba recetas de la tele, recortaba revistas con permiso de la peluque­ra y encima se había apuntado a un curso de cocina étnica.

Para colmo de sus desgracias, se sabía solo ante el peligro: su her­mano se comía hasta las piedras y su padre ¡con tal de no discutir! Pe­ro él... El pobre Roberto repetía día tras día el mismo ritual: probaba tres cucharadas de cada plato, porque lo obligaba su madre, escondía los res­tos debajo del tenedor y aguardaba paciente a que llegara la hora de la merienda. Su única esperanza era que la abuela viniera a pasar unos días y le hiciera albóndigas y pollo al ajillo. ¡Cómo guisaba la abuela! Só­lo de recordarlo, se le hacía la bo­ca agua. Pero la abuela no vendría hasta dentro de un mes.

Desesperado, deambulaba por la casa en busca de alguna galleta, de alguna moneda extraviada para comprar chucherías, cuando encon­tró en el cuarto de baño una revis­ta de su padre. Era una de esas re­vistas científicas que Roberto ni se molestaba en mirar, pero aquel día le llamó la atención la página por la que estaba abierta. Se veía un bote de plástico con una serie de botones y etiquetas. En una ponía leche, en otra café, zumo, vodka. El artículo se titulaba: «La nano dieta». Rober­to empezó a leer con tal impacien­cia que terminaba saltándose la mi­tad de las palabras y, al poco, tenía que volver atrás. ¡Era maravilloso, era su invento!

Unos científicos habían descubier­to una cosa que se llamaba nano­comida. Un bote con unas partícu­las encapsuladas que sólo se abrían cuando se pulsaba el botón corres­pondiente. No hacía falta más para que el líquido se convirtiera en le­che, café, zumo o vodka, según el gusto de cada cual. Las nanocáp­sulas obedecían milagrosamente: unas se abrían y las demás queda­ban cerradas. Sólo se activaban las del botón que se hubiera pulsado. Prestigiosos científicos trabajaban en lo que decían sería la alimenta­ción del futuro: cada cual podría agregar a su dieta vitaminas o mi­nerales a su gusto, además de ele­gir el color y el sabor de cada co­mida. Incluso podían seleccionar­se varios sabores que, mezclados, produjeran un nuevo sabor, desco­nocido hasta el momento, y ese sa­bor podía durar un buen rato o só­lo un instante.

Roberto estaba fascinado. Al fin había descubierto la solución a sus problemas. El único pero era que los científicos no habían elegido bien los alimentos. Él pondría nanocáp­sulas de refrescos, batido de choco­late, granizada de limón, descafei­nado para la abuela, cerveza para su padre, un té de esos raros para su madre... ¡Mejor aún! Le propon­dría a su madre un trato: su té pre­ferido a cambio de un buen plato de pollo con patatas fritas. Su corazón latía impaciente. Había descubierto su vocación: sería inventor y no de cualquier cosa, sino de esos alimen­tos, que tenían una escala inferior a una billonésima de metro. Cerró la revista y empezó a imaginar su mi­núsculo laboratorio.

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Isabel González Turmo Isabel González Turmo
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