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ARQUEOLOGÍA> Un tesoro oculto Texto: Por Alfredo Jiménez Núñez Fotografía: Archivo del autor Casi cincuenta años después del fabuloso hallazgo casual del Tesoro del Caramblolo en la localidad sevillana de Camas, sus 21 piezas de oro permanecen guardadas en la caja fuerte de un banco de donde salieron por última vez hace casi ocho años para ser expuestas en una muestra dedicada a Tartessos, una civilización de cuya propia existencia ahora se duda. 28/10/2008 Ironías del destino. El Tesoro, que se puede datar en torno al siglo IX antes de Cristo, ha sobrevivido intacto gracias a que una mano anónima lo depositó en la fosa de un santuario, en el mismo lugar donde se guardaban los restos de la liturgia, para salvarlo de un posible peligro que esa misma persona, probablemente, nunca pudo sortear, pues jamás volvió para recogerlo y lo preservó, así, para la posteridad. Sería poco después del año 570 antes de Cristo, coincidiendo con el ocaso de la civilización fenicia. En ese mismo lugar permaneció durante más de dos milenios, ajeno a la leyenda que iba a rodearlo veintiséis siglos después y a la importancia radical que iba a tener a la hora de trazar los orígenes de la ciudad de Sevilla. La Spal fenicia. Hoy se sabe, gracias a las recientes excavaciones llevadas a cabo entre 2002 y 2005 en el Cerro del Carambola, comandadas por el arqueólogo Álvaro Fernández, ya estudios de profesores como José Luis Escacena, de la Universidad de Sevilla, que el Tesoro era una suerte de ajuar litúrgico. Está compuesto por 21 piezas: dos brazaletes y un collar que usaría el sumo sacerdote -o el reyezuelo de turno, si lo suplía- para oficiar las ceremonias y dos juegos de frontiles y de placas formando unos fajines para adornar a los bóvidos que desfilaban en procesión antes de su sacrificio para rendir culto a las divinidades fenicias: un toro castaño para Baal, el dios identificado con el Sol, y una vaca rubia para Astarté, la deidad femenina simbolizada en Venus. Pero estos descubrimientos son muy recientes. El 30 de septiembre de 1958, los albañiles que hacían obras para rebajar una terraza del Cerro del Carambola, el más alto de la cornisa del Aljarafe sevillano, no podían presagiar que un día normal de trabajo iba a convertirse, a la postre, en una jornada histórica. Las primeras piezas del Tesoro fueron apareciendo ante los ojos asombrados de los obreros, que, antes de poner el hallazgo en conocimiento de sus jefes, llegaron a dudar de que aquello se tratara, realmente, de oro. Uno de estos hombres, incluso, dobló una de sus piezas hasta hacerle una muesca que hoy, inevitablemente, está ligada también a la leyenda del Carambola. Cuando trascendió el descubrimiento, las excavaciones para contextualizar estas piezas corrieron a cargo del profesor Juan de Mata Carriazo, entonces comisario de Excavaciones de Andalucía Occidental. Él interpretó su origen como tartésico y calificó el conjunto como «un tesoro digno de Argantonio», puesto que pensaba que todas las joyas bien podrían haber sido ornamentos para este monarca, a quien imaginaba con el collar, los brazaletes, dos pectorales y un cinturón, lo que habría convertido a este u otro reyezuelo en un auténtico «gigantón», tal y como bromea hoy el profesor de Arqueología de la Hispalense José Luis Escacena.. Los expertos de la época, y con ellos Carriazo, pensaron que habían encontrado por primera vez un vestigio del mundo tartésico, del que hasta entonces no había ninguna constancia material más allá de los relatos literarios de griegos y romanos, según expone el profesor Escacena. Las teorías eran que o bien el Tesoro había estado oculto bajo una antigua cabaña en un poblado tartésico o que había pertenecido a una pira funeraria de algún rey. Esta filiación tartésica, sin embargo, comenzó a ser cuestionada hace una década por el propio Escacena y por la doctora María Belén, quienes fueron rotundos al afirmar que no sólo el Carambola tuvo un templo -una teoría que ya habían defendido otros maestros como Blanco Fregeiro- sino que el poblado que la circundaba vivía exclusivamente para surtir de servicios al Santuario. Como la actual aldea del Rocío. Lo que hasta hace poco eran teorías se han visto refrendadas por la arqueología. Aunque aún hoy hay expertos escépticos, parece claro que el santuario del Carambola estuvo vinculado a la fundación de Sevilla por parte de los fenicios y, por ende, sus conexiones con los indígenas anteriores -esto es, los tartesios- quedarían descartadas. El Cerro del Carambola es la colina más alta del Aljarafe sevillano y, hace 30 siglos, estaba bañado por las aguas del río Guadalquivir. El templo fenicio fue construido a finales del siglo IX a.c., al mismo tiempo que Sevilla fue fundada como Spal por este pueblo procedente de Oriente, y sobrevivió más de tres centurias, cuando algún tipo de conflicto bélico, que no se ha podido identificar con claridad, fue el responsable de su destrucción. Los fenicios acostumbraban a sacralizar las ciudades que fundaban y es normal, según Escacena, que el templo principal, el del Carambola, distara unos cuantos kilómetros de la urbe: allí, los fieles acudían los fenicios, y vinculado, de acuerdo con su planta y con su ubicación astronómica, con las creencias de la época en Oriente Próximo. El templo estaba, como la colonia de Spal, origen etimológico de la Hispalis romana, en un punto de referencia «estratégico» para el comercio, principal fuente de ingresos de los fenicios, por su situación en el estuario del Guadalquivir, según Álvaro Fernández. Tanto este arqueólogo como el profesor Escacena inciden en la orientación del altar dedicado a Baal, que miraba siempre hacia el punto donde sale el sol en el solsticio de verano, que era el momento en que, según la tradición fenicia, este dios habría muerto para resucitar al tercer día. Para respetar esta premisa astronómica de la religiosidad fenicia, el crecimiento del edificio se hizo siempre en forma trapezoidal, en torno a distintos patios. Su ubicación, encaramado en un cerro, tampoco era casual, como recuerda José Luis Escacena: el templo, como la deidad a la que está dedicado, rige sobre Sevilla. «Toda la historia de la fundación de Sevilla es hoy por hoy el Carambolo», resume este profesor para hacer una idea de la importancia, desde el punto de vista histórico, de los más recientes descubrimientos en este yacimiento, para añadir: «No se puede comprender el Carambola sin Sevilla, ni Sevilla sin el Carambola». Este templo sitúa a Spal como una colonia fenicia, al igual que la antigua Gades, y apunta a que Sevilla no tuvo nada que ver con los tartesios, esa civilización de la que tanto escribieron griegos y romanos y que siempre ha estado envuelta en un halo de misterio, debido a que, una vez descartado que el Carambola fuera un poblado suyo, no hay vestigios materiales que se le puedan atribuir. De hecho, tras años de estudio, Álvaro Fernández niega incluso su propia existencia: «El Tartessos previo a la colonización fenicia no existe». Para este arqueó lago, lo que los griegos conocieron cuando llegaron a la Península Ibérica, en torno al siglo VII antes de Cristo, fueron ciudades fenicias, pueblo que llevaba asentado dos centurias por aquel entonces en la actual España. La riqueza de estas urbes habría maravillado a los helenos, quienes no dejaron de describir en sus escritos este «mundo opulento». El Bajo Guadalquivir habria sido una zona «bastante despoblada» antes de la colonización fenicia y, por ende, Tartessos no podría considerarse «el germen de lo andaluz», recalca Fernández, quien insiste en que los posibles pobladores anteriores a esta civilización no dejaron huellas tras de sí y que apunta que, de haberIos, probablemente fueron simples campesinos. El Tesoro del Carambola no está solamente unido a la fundación de la ciudad fenicia, sino también a su declive. El ocaso de esta civilización tiene una fecha marcada a fuego: el año 570 antes de Cristo, cuando Nabucodonosor, rey de Babilonia, toma la ciudad de Tiro. Decae el comercio de plata, la principal fuente de ingresos de los fenicios, y las poblaciones indígenas aprovechan para tomar las principales plazas. Ello ocurriría también en SpaI. El escondrijo que se buscó para el Tesoro, en el patio trasero del templo, dentro de la fosa donde se depositaban los desperdicios de la liturgia, da la idea de un peligro y del temor a un expolio. No se ha podidoidentificar con claridad a quienes amenazaron a los colonos de Sevilla, pero sí está comprobado que la población del Bajo Guadalquivir sufrió un franco retroceso por esas fechas. Nada puede decir de este sufrimiento el Tesoro, que sin embargo está lleno de simbolismos cuyo significado desgrana el profesor José Luis Escacena: los sellos del collar se refieren a los secretos que custodia el sumo sacerdote, y su número -siete- representaba la perfección para los fenicios, hebreos y semitas. Los adornos que se pondría el toro sacrificado en honor a Baal llevan labradas medias esferas, que imitan el disco solar con el que identificaban a este dios, mientras que las joyas de la vaca tienen grabadas rosetas, el símbolo de Venus. Los frontiles que históricamente se han identificado como pectorales tienen, de hecho, la forma de piel de toro, la misma de los altares de sacrificio hallados en templos como el propio Carambola. Aparte de su enorme trascendencia histórica, las últimas exhumaciones en este yacimiento han deparado también hallazgos interesantes, como el propio altar, del que sólo se conserva un fragmento; restos de algunos bancos aledaños; un barco votivo, que recuerda la tradición marinera de los fenicios y la ubicación estratégica de Spal para la actividad marítima; escarabeos egipcios con inscripéiones relacionadas con el Sol naciente; cerámicas típicas de Oriente o un trozo de cadena de oro similar al collar del Tesoro. Nada en el plano material, en suma, que pueda compararse siquiera de lejos con la importancia de las joyas. De su hallazgo se cumplen cincuenta años en 2008. Esta efeméride hace recordar que el Tesoro sigue guardado, custodiado en la caja de seguridad de un banco aunque, tal y como establecía en sus condiciones de adquisición el Ayuntamiento de la capital hispalense, sin haber salido de Sevilla. «Todos los tesoros, mientras más ocultos, más seguros están, pero con las medidas de seguridad actuales, con la tecnología suficientemente avanzada y con empresas de vigilancia especializadas, ha llegado la hora en que se podría exponer el original», sugiere Escacena, quien recuerda haber podido contemplar el verdadero en sus frecuentes visitas al Museo Arqueológico durante su época de estudiante. Es un privilegio con el que no cuentan la mayoría de los jóvenes sevillanos, que se han tenido que conformar con ver la copia. Ahora que la Universidad de Sevilla y la Consejería de Cultura preparan, aún con gran sigilo, las actividades conmemorativas sobre el quincuagésimo aniversario de su hallazgo, no sería de extrañar que estas 21 piezas salieran, de nuevo, de la oscuridad de su letargo. . Las joyas fenicias en el mundo moderno
Coincidiendo con su hallazgo, las joyas del Tesoro despertaron a una existencia administrativa que no estuvo exenta de vericuetos. Sus piezas, que arrojan un peso de poco menos de tres kilos de oro de 24 quilates, fueron tasadas en 650.000 pesetas de la época. La Sociedad de Tiro de Pichón lo entregó a las autoridades en 1962, y en diciembre de ese mismo año el Ayuntamiento de Sevilla, aún hoy su titular, aprobó adquirirlo con la condición expresa de que no saliera de la ciudad. La razón de esta compra, que el conservador del Museo Arqueológico Fernando Fernández considera insólita, en un artículo publicado por el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico (IAPH), es que de otra manera el Tesoro, de acuerdo con las normas de la época, hubiera acabado en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. La ciudad de Sevilla lo adquirió finalmente en 1964 por un millón de pesetas y lo exhibió en su Casa Consistorial hasta 1 967, cuando fue trasladado al Museo Arqueológico de Sevilla, que había sido, previamente, acondicionado para su custodia. El entonces alcalde, Sancho Corbacho, quiso dejar constancia de que este traslado era temporal, sólo hasta que Sevilla contara con un Museo de la Ciudad donde habría de mostrarse'«definitivamente». Aún hoy, cuarenta años después, este proyecto no se ha llevado a cabo. No fue larga tampoco la permanencia del Tesoro en el Arqueológico de Sevilla: poco después de la llegada de la democracia, en 1978, y a instancias del Ministerio de Cultura, las joyas fueron depositadas en la caja acorazada de una entidad bancaria, de donde sólo han salido, a lo largo de los últimos 29 años, para mostrarse en tres ocasiones: en 1992, en 1997 y en el año 2000. Es una réplica del orfebre sevillano Fernando Marmolejo la que está expuesta en el Museo Arqueológico de Sevilla. La fabricación de otra copia, poco antes de la Exposición Universal de 1992, fue finalmente abortada: el joyero Jesús Yanes recibió en 1990 el encargo del Ayuntamiento sevillano de realizar una réplica del Tesoro, que podría llevarse, exclusivamente con este fin, a su taller madrileño durante 45 días. Al duque consorte de Alba, el fallecido Jesús Aguirre, le costaron el cargo como comisario de Sevilla para la Expo sus duras críticas a este traslado, que finalmente no se llevó a cabo, puesto que la propia junta de Andalucía recomendó que la copia se hiciera a partir de una réplica, a lo que hay que sumar que la siguiente Corporación municipal se retractó del acuerdo firmado por la anterior. El asunto terminó en los tribunales, que condenaron en 2001 al Ayuntamiento a pagar 26 millones de pesetas al joyero por incumplimiento de contrato. Con muchísimo menos ruido mediático, el Ayuntamiento de Sevilla autorizó hace sólo unos meses a su vecino de Camas, donde está enclavado el Cerro del Carambolo, a realizar una copia de estas 21 piezas, sin contar, eso sí, en ningún caso con los originales. |