Fundación Cruzcampo

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Publicaciones .Blanco y Oro

RELATO> Otro juego comienza

Texto:

Rosario Pérez Cabaña

Ilustraciones:

Patricia López de San Román

10/03/2008

Hoy he amanecido temprano. Me gusta este tipo de frases donde el yo es protagonista absoluto. Yo amanezco. Yo veo. Yo concibo. Yo pienso. Claro, acostumbrarme a este breve epitafio me ha llevado mi tiempo. Es difícil que los demás puedan llegar a entender el espacio infinito que guarda dentro este pronombre, por otra parte, tan prescindible (entiéndase: interior despierto, reino absoluto de lo subjetivo, destino inverso y reflexivo). A veces (sólo a veces) también quisiera decir que el día amanece, que las casas respiran, que el niño resbaló junto al arriate, que los amantes cruzan, sudorosos. y esquivos, las esquinas. Me gustaría, sí. Pero no puedo. El caso es que hoy me desperté pronto y que lo hice porque sabía que él vendría.

Todos los martes y jueves, con una puntualidad hiriente (si yo pudiera sufrir por las heridas), se sienta delante de mí y dice algunas frases nada elaboradas. En esta ocasión ha dicho: «La última revisión ha dado como resultado positivo». Después ha quedado en silencio durante una media hora, como siempre. Eso es todo cuanto sé de mí. Si él entendiera cómo puede un simple indefinido llegar a cambiar la frialdad de la diagnosis (su sonrisa también podría favorecer en algo la atenuación de la duda)... Aunque desde aquí nada importa. Poco cambia si se trata de «un resultado positivo» o de un rotundo y macabro «resultado: positivo». Pero, claro, él no tiene la culpa de esta obsesión mía por la lengua. A veces llego a pensar que me molesta su frialdad. Pero es sólo un espejismo. Tiene los ojos azules, no sé si lo he dicho, con un extraño ribete oscuro.

Ha salido a la calle y ha dejado aquí la persistencia de su mirada. Exactamente, me ha mirado como siempre, como quien mira a lo lejos sin imaginar siquiera que existan los horizontes. Mientras se aleja por los callejones de piedra que, con probabilidad casi absoluta, rodean el jardín del edificio, tal vez pensando en mí o en cualquier otra cosa, me dispongo a jugar. Puede parecer absurdo, pero ayuda bastante a resistir. Hace algún tiempo, el juego consistía en hacer planes al azar: qué sé yo... hacer la lista de la compra de principio de semana, ordenar la ropa de invierno y cosas así. Al menos entretenía. Por entonces, la medicación aún hacía su efecto y mantenía despiertas ciertas capacidades volitivas. Sin embargo, la voluntad no tardó en recuperar fuerzas para pedir su cuota de abandono. Fundamentalmente, porque yo aún soy capaz de entender que todo plan es futuro; y el futuro, dada la incertidumbre en la que vivo, no es un recurso interesante.

Mis nuevos juegos no entrañan excesiva dificultad. El mayor problema que encuentro es que aún no estoy preparada para ganar. Cada día lo intento varias veces, sobre todo, durante las noches o en el espacio impreciso que antecede a la oscuridad total: esos entreacto s en los que nadie viene a vigilar (aunque hasta en esos momentos la quietud de este lugar se rompe con algún ruido metálico, casi siempre acompañado de un fuerte olor a asepsia, que llega a molestar tanto como una visita inesperada). Las reglas del juego son claras y el mejor método para conseguir la victoria consiste en remontarse un espacio de tiempo a la situación final (así es como llamo a la situación central).

Suena el teléfono. Es él. No podrá volver esta noche. Está bien. Que se cuide, le digo, y algunas bobadas de esas que gustan tanto a los enamorados. Le recuerdo que estoy sola, que he dejado al niño con mi madre porque me he sentido inquieta todo el día y me da miedo entrar en crisis cuando el pequeño está aquí. Me he puesto la bata de seda gris que me regaló un octubre. Hay un lapso de tiempo del que no recuerdo nada (penalización en el juego). Siento un mareo intenso.

Sabía que ocurriría. Hubiera estado bien, pero no fue así. (Decir que estoy segura puede parecer una obviedad). He vuelto a perder. Aunque no todo es falso. En cierto modo, sólo he dirigido mi mentira hacia los márgenes. Y, lejos de su centro, la falsedad adquiere la poesía de las orillas, pierde el orden frío y meticuloso de los funcionarios sin pasado. Me canso. A menudo me agota hablar así. Me aburre. Me aterra. Quisiera armarme de valor y jugar a la verdad. Pero la desmemoria es tan amable... Tal vez bastaría con un poco de fe. Sin ciencia, todo es posible.

Sería justo que lo hiciera, sobre todo por él. Cuando me mira así como él me mira, sé que no puede soportar la angustia de la culpa y del odio. Yo también me odiaría si eso me ayudara a consumirme. A veces quisiera hablarle, contarIe alguna verdad que lo ayudara a resistir, aunque fuera asÍ, de esta manera, desde este silencio agónico que él ni sÍquiera imagina; explicarle que no fue él quien me trajo a esta postura desde donde lo miro como deben de mirar los muertos. Tal vez los médicos se lo hayan dicho, aunque en el fondo, sé que recela, que rastrea en mi quietud su pecado, envuelto en la risa de aquella noche en que no estuvo allí. Quisiera, por ejemplo, darIe mi mano. Pero para eso tengo que arriesgarme a jugar de una vez por todas. Una vez más lo intento. Ahora sí. Las reglas están fijadas. Me concentro. Tengo que desandar el tiempo que ha transcurrido desde entonces, paso por paso (la ironía me conviene).

Suena el teléfono. Es él. No vendrá esta noche. Retenciones por nieve y que no lo espere hasta mañana. Me cabreo y sospecho. El niño duerme. Vuelvo a cabrearme por sospechar. Llevo puesta la bata gris que él me regaló un octubre caluroso. Vuelve a sonar el teléfono. Lo dejo sonar. En el contestador comienza a grabarse la voz conocida y cálida de la primera vez: «Nena, ya está todo resuelto. Le he dicho que no llegaré esta noche por la nieve. Te estoy esperando». Añadió un «no tardes», un nombre y un par de absurdos diminutivos que quedan fuera del juego. Empiezo a temblar ya sentir un latido extraño en la oquedad del cuello. En ese momento, tengo la certeza de que las secuelas anunciadas de la enfermedad han llegado. Están a punto de cobrarse su tributo (reproduzco la frase exacta, cual fue pensada) (bonificación). Miro al niño dormir. Eso me tranquiliza. Dormido está a salvo de mi condena. Me angustia que esté presente cuando sienta algún síntoma. Conozco ese nombre de mujer. Lo conozco bien, aunque eso es lo de menos. Beso al niño en los ojos (ha heredado de su padre una línea oscura .en los bordes). El pulso sigue acelerándose. Siento un cosquilleo en el hombro que se alarga hasta las falanges. Me faltan las fuerzas.

Tampoco esta vez lo he conseguido. Pero tengo ganas de seguir. Me conmueve esta obstinación que parece un síntoma de mejoría. Sería paradójico, después de tantos años de tenaz insistencia, terminar despertando por culpa de un simple juego (el último golpe -con suerte, mortal- que podría darme la vida). No sé por qué lo complico todo de esta forma. Desde antes de llegar aquí había asumido mi enfermedad. Sabía que algún día estaría aquí, en esta postura. Incluso alguna vez lo deseé. ¿Qué es todo ese ruido de repente? Parece venir de fuera. He creído oir un grito sucedido de otros gritos circundantes. ¿Sería posible que ocurriera algo fatal, fuera de mí, en este lugar? Algo como una desgracia colectiva, una catástrofe en la que yo no fuera más que una víctima que aparece fugazmente en los telediarios envuelta en una bolsa blanca? ¡Qué ingenuidad esta de la esperanza! Ha cesado. Tal vez se ha agotado el líquido que me suministra esta vida regalada. Debe de ser eso. Desde mi postura no puedo ver la gota que se expande por el vidrio y baja hasta la callosidad de mi vena. A veces sucede y el exterior se multiplica en mi cabeza. El ruido vuelve. Debo darme prisa si quiero terminar el juego. Pueden venir en cualquier momento.

Suena el teléfono. Estoy sola en casa. Es él. No vendrá esta noche. Me da una explicación convincente. Por la delgadez de su voz, parece temer uno de mis frecuentes arranques de histeria. Durante un segundo, con el eco de su voz aún sonando en el aparato, pienso que tiene demasiada paciencia conmigo. No ha de ser fácil. Y, para colmo, el niño está enfermo. Que si tiene importancia-pregunta-. Un simple resfriado, nada importante. Se lo repito. Que hoy se ha quedado con mi madre por ese motivo y, sobre todo, porque me siento especialmente nerviosa. La nieve me irrita y no me gusta entrar en crisis cuando el pequeño está en casa. Pronuncia algunos monosílabos sin sentido. Sé que está pensando que utilizo al niño para reprocharle su ausencia en esta noche de nieve y viento. No hago nada para que piense otra cosa. Nos despedimos. Me pongo la bata gris que él me regaló aquel octubre tan caluroso que pasé en el sanatorio. Me tomo un ansiolítico y me tumbo en el sofá. Pasa un rato. No recuerdo qué hice durante ese tiempo (penalización). Vuelve a sonar el teléfono. Dejo que salte el contestador. Es él. Se ha equivocado al marcar el número. Fatalmente, deja su mensaje. No soy yo a quien esperará esa noche en el hotel que los dos conocen bien. De los momentos que siguen sólo recuerdo algo parecido al caos más absoluto (creo que pensé en un cuadro de El Basca, tal vez «La caída de los condenados») (penalización leve).

Me repongo y pienso que, inevitablemente (esta palabra la visualizocon una caligrafía borrosa), algún día llegará el fin o, lo que es peor, la postración, la campanada implacable que anunciaráel olvido absoluto. De repente, todo se parece al vacío. Sé que los músculos irán agarrotándose y después, en algún momento (seguramente inesperado) olvidaré los nombres y los rostros. Nadie lo ha dicho, pero está escrito en un manual de medicina. Siento la urgencia de que todo pase o de que no llegue. En cualquier caso, todo es confuso. La última visión nítida es mi mano en la llave del gas y el leve adormecimiento. Es como cabalgar, como saltar peldaños, como el vértigo de quien lee tan sólo el final de los libros. De nuevo suena el teléfono. Debe de ser él. Tal vez se ha dado cuenta de su error y quiere repararlo -pienso a duras penas-. Dejo que salte el contestador. Reconozco la voz de mi madre. El color de ese sonido siempre me ha conmovido. También entonces.

Algo parecido al revés de la voluntad me impide reaccionar. Entre el mareo que me va paralizando, la oigo decir que hace un rato estuvo en mi casa y no sé que cosas más, explicaciones; que le resultaba imposible quedarse con el niño esta noche y que no había podido esperarme y que lo había dejado dormido en su camita y que le diera un beso cuando llegara, que ya sé cuánto le gusta eso. De algún lugar recobro un «llámame cuando llegues» (bonificación por dificultad añadida). Un ruido como de motor o de acordeones o de olas enfurecidas suena en mi cabeza.

Quiero reaccionar pero no puedo. Intento mover las piernas, lo demás da igual. Necesito activar/as para que me lleven de nuevo a la llave del gas. Me arrastro, me hiero, lo consigo. El susurro del gas desaparece. Como puedo, empujo la hoja de la ventana que al abrirse baila sostenida sobre la nada. En ese momento, el pulso es frenético en la oquedad del cuello. Una bocanada de aire en los pulmones me permite dar una breve carrera hasta el pasillo. Al fondo, detrás de la puerta azul, en su habitación azul, mi hijo espera su beso. La inercia y el grito que no consigue salir de la boca me llevan hasta su cama. Necesito saber que duerme. Ahí está. Respiro Respiramos. Todo parece, de golpe, el final de una farsa enloquecida: las máscaras caen, la otra verdad se impone. Está dormido. Miro sus ojos. Los beso, como siempre. Estoy tranquila. Me quedo un rato a su lado. Siento un mareo agradable. Me dejo llevar.

stoy cansada. Hoy ha amanecido temprano (creo que lo dije). Tal vez en la tranquilidad de aquel abrazo sentí los músculos del cuello agarrotados. Era inevitable. Hoy él ha estado aquí. Tiene los ojos azules (matizados hacia los bordes con un azul más intenso, casi negro). Ahora sólo queda aguardar el próximo jueves. El juego ha terminado. Sé que en algún momento conseguí salir de la habitación azul, seguramente asustada por la parálisis del brazo o de la pierna o de la lengua... Tal vez pude avisar a mi madre, que vendría con urgencia, o a él, que llegaría sudoroso, a pesar de la nieve. Imagino que pasarían días o meses de estudios, pruebas, tratamientos, protocolos rutinarios hasta llegar aquí. Alguien diría: «la enfermedad ha dado la cara», y los demás bajarían la cabeza asintiendo o negando (la probabilidad es simétrica). Pero no puedo recordar nada de eso. He conseguid_ llegar al final. Tengo sueño. Por suerte, aún recuerdo los nombres y los rostros. Tal vez (sólo tal vez) exista la posibilidad... Lo demás ya estaba escrito. Por si acaso, decido que pase lo que pase guardaré mi secreto. Nunca se sabe...

Mientras tanto, me distraeré esperando. El deseo puede sentarme bien. Uno de cada tres jueves, él viene acompañado, con deliciosa puntualidad. Mi hijo, como siempre cada tres semanas, se acercará sonriendo y besará mis ojos, probablemente abiertos. Otro juego comienza.

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Patricia López de San Román Patricia López de San Román
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