Fundación Cruzcampo

volver al inicio

Publicaciones .Blanco y Oro

HISTORIA> El Camino Real de Tierra Adentro

Texto:Por Alfredo Jiménez Núñez

Fotografía:Archivo del autor

Un viaje por elnorte de México y suroeste de los EE UU

10/03/2008

EI viajero sale temprano de la ciudad de México y toma la autopista que va al norte. A unos cincuenta kilómetros, ve a lo lejos dos grandes pirámides que relucen con el sol naciente. Son parte de las ruinas de Teotihuacán, una ciudad que fue invadida y destruida muchos siglos antes de la aparición de los aztecas en la historia de México. Unas horas más de marcha y el paisaje cambia casi de repente. La tierra es ahora seca y la vegetación escasa, con abundancia de mezquites y cactus. Ha entrado en la antigua Chichimeca, las tierras de los indios nómadas que vivían de la caza y la recolección, en guerra constante de unas tribus con otras. Eran los habitantes de una frontera que nunca penetraron los aztecas y nunca dominaron totalmente los españoles. Muchos grupos indígenas se extinguieron antes de ser sometidos.

A seiscientos kilómetros de la capital mexicana, el viajero se topa con la ciudad de Zacatecas. En 1546, unos soldados españoles que acompañaban a unos misioneros encontraron plata en esta región casi sin escarbar la tierra. La noticia produjo la primera fiebre de la plata en la frontera norte, tres siglos antes de la fiebre del oro en California. De inmediato, se fundó una ciudad y nació el Camino Real de Tierra Adentro, una ruta que se fue alargando hasta tener su punto más lejano en la ciudad de Santa Fe de Nuevo México. Pero esto es adelantar paradas en la ruta del viajero.

Zacateca s llegó a ser una ciudad muy rica. Su catedral, levantada por la devoción de sus habitantes y el dinero de los mineros más poderosos, tiene una de las catedrales más hermosas de México. La fundación de villas y ciudades fue parte de la política española de poblar una frontera que se extendía hacia adentro hasta comprender un espacio muchas veces mayor que España. La defensa de los caminos, de las nuevas poblaciones, de las minas y las haciendas de cultivo o ganado, exigió la presencia de soldados a caballo que tenían su cuartel, si así puede decirse, en los presidios, que nunca fueron cárceles sino fuertes de planta más o menos cuadrada con muros de troncos y barro y unas torres en las esquinas desde donde mirar a lo lejos para divisar al enemigo.

El viajero, que ha visto muchas películas del Oeste, se acordaría a la vista de un presidio, si alguno quedara en pie, de los fuertes del cine de Hollywood, o de los spaghetti westerns rodados en el desierto de AIme ría. Y hay muchas cosas más que le resultarían familiares por su experiencia cinematográfica. Los soldados españoles se conocían como «soldados de cuera» porque para defenderse de las flechas de los indios vestían una gruesa casaca hecha de capas de piel y algodón, Ellos fueron la primera caballería de las fronteras de América del Norte, siglos antes de que apareciera el Séptimo de Caballería.

Unos ochocientos kilómetros más y el viajero llega a Chihuahua, nacida a principios del siglo XVIII en otro parto de unas tierras ricas en la plata que guardaban sus entrañas. De Chihuahua salían y aquí llegaban los convoyes de carretas cargadas de los productos más diversos. Desde Chihuahua se puede ir a izquierda o derecha a muchos lugares, pero el viajero está empeñado en seguir hasta el final el Camino Real de Tierra Adentro. Ya habrá ocasión de tomar otras rutas. Al caer de una tarde, el viajero se topa como El Río Grande en un punto que los españoles bautizaron como El Paso". Cruzar el río era pasar de una provincia a otra sin salir del imperio. A este lado del río quedaba el reino de la Nueva Vizcaya, fundada en el siglo XVI por vascos que en aquella remota frontera tanto laboraron y sirvieron a la Corona de España y a sus intereses pesonales sin mayor importancia. Al fin y al cabo, en aquellos tiempos, todos barrían para dentro de casa ya fuera la casa del rey o la propia. Ricos mineros y hacendados, y poderosos gobernadores, fueron los Urdiñola y los Ybarra.

A la otra orilla del Río Grande está Nuevo México. El río lo vadeaban los españoles con esfuerzo porque no había puentes, pero el viajero, sin bajarse del coche, lo pasa en pocos minutos y entra en los Estados Unidos. Una riada humana se mueve en sentido contrario. Es la gente que a esa hora vuelve a México, muchos a pie, después de un día de trabajo en un país extranjero, que no lo es tanto. No en vano, casi la mitad de la población de Nuevo México es hispana. Atrás ha dejado el viajero Ciudad juárez, nombrada así en honor del presidente mexicano del siglo XIX. El Paso, sin embargo, conserva su nombre original. Y camino siempre al norte, con el Río Grande a su lado, el viajero pasa por Las Cruces, recorre la llamada jornada del Muerto, llega a Socorro y poco después a Alburquerque, que así se escribe el nombre de la ciudad más grande del Estado.

Pero la gran ilusión del viajero es conocer Santa Fe, capital de Nuevo México desde hace cuatro siglos. Una sabia política de recuerdo y conservación del pasado hace de Santa Fe una ciudad única en la geografía de los Estados Unidos. El adobe que utilizaban los indios para hacer sus viviendas persiste hoya los ojos del visitante. Es un falso adobe que recubre, como si fuera una espesa capa de cal, las paredes de muchas casas, iglesias y otros edificios públicos. En la Plaza se levanta la vieja estructura de la casa del gobernador español. Sin duda, el edificio oficial más antiguo en la historia de la nación. Hoyes un museo que nos habla de tres culturas: la virreinal o española, la mexicana independiente y la yanqui; pero esta última corresponde a un Nuevo México que ya no era el Lejano Norte español sino el Lejano Oeste americano.

El viajero duda entre hospedarse en La Fonda o en La Posada. Aquí todo suena y huele a españoL/Después de gozar unos días de la calma y la belleza de una ciudad de menos de setenta mil habitantes, el viajero quiere apurar hasta el final el Camino Real de Tierra Adentro, y muy de mañana marcha de nuevo hacia el norte hasta llegar a Taos, fin de un viaje de más de dos mil doscientos kilómetros desde que salió de la ciudad de México. Taos es un pueblo de indios que todavía viven en sus casas de adobe de dos y tres plantas. A la vista de estas construcciones, los primeros españoles se acordaron de las casas que habían dejado en Andalucía, Extremadura o Castilla.

Desde entonces, todos los indios que habitan en las márgenes del Río Grande se conocen como «indios pueblos». A la feria de Taos acudían indígenas cazadores y guerreros para sus intercambios con los españoles. Escribía en 1773 el sevillano virrey Bucareli que los comanches se presentan «de paz en el pueblo de Taos a comerciar sus efectos, que consisten en pieles de cíbolos (bisontes), caballos, mulas, algunos fusiles y piezas de cautivos cambalachándolos por frenos, leznas, cuchillos, ropas coloradas y maíz, de que resulta beneficio a los vecindarios de la provincia». Eran días de paz en medio de una guerra inacabable.

Tras culminar su recorrido Tierra Adentro, el viajero se siente con ganas de conocer otras regiones de la antigua frontera española. Pregunta y le dicen que desde Santa Fe puede tomar rumbo este y visitar San Antonio de Texas, que primero fue misión franciscana y presidio. En las últimas décadas, ha crecido tanto que hoyes una de las mayores ciudades de 'los Estados Unidos. O puede marchar hacia el oeste para contemplar en Arizona el Gran Cañón del Colorado. Esta maravilla de la naturaleza no es más, ni tampoco menos, que la acción de un río que cuando lo descubrieron los españoles llevaba seis millones de años mordiendo y erosionando la montaña. Según le cuentan al viajero quienes conocen la historia del Gran Norte, fueron frailes en mulas, y en grandes trechos a pie, los que abrieron los primeros caminos en su propósito de comunicar Arizona con California. iQué empeño y qué manía por establecer misiones y evangelizar a unos indios tan pobres que no podían ofrecer mano de obra y mucho menos plata! Hasta dar de comer y beber a los frailes caminantes era para aquellos indígenas una obra imposible de misericordia.

Otra opción sería regresar a Chihuahua, dejar el coche y subir a un tren que hace uno de los viajes más bellos e impresionantes de las Américas. Cruzaría la Sierra Madre Occidental a través del parque nacional de la Barranca del Cobre, el país de los indios tarahumaras, yalcanzaría el Pacífico en el Golfo de California después de atravesar Sinaloa casi rozando el estado de Sonora. Un viaje de 655 kilómetros con posibilidad de hacer noche en alguna estación intermedia y, entre otras cosas, recobrar el resuello tras haber admirado unos cañones que cortan la respiración. Atrás habrán quedado más de ochenta túneles y cuarenta puentes. Por cierto, los actuales estados mexicanos de Sonora y Sinaloa fueron parte de la provincia que se llamó Nueva Andalucía. .

Norte y Oeste, dos fronteras en América del Norte

El encuentro en el Nuevo Mundo de dos ramas de la civilización occidental -la hispana y la anglosajona- ha creado una de las fronteras más complejas y dinámicas de las Américas. Una incompleta lista de personajes de la historia del Gran Norte y de una gran parte de la historia del Oeste incluiría hombres de leyenda por más que fueron bien reales. Cabeza de Vaca naufragó en 1528 en las costas de Texas, malvivió durante siete años entre los indios y apareció en Sonora en 1536 después de una marcha de muchos meses por tierras que hoy son de los Estados Unidos. Francisco Vázquez de Coronado fue jefe de la primera expedición al Lejano Norte, una empresa de dos años (15401542) que no produjo oro ni plata pero tampoco acabó con las ilusiones de los españoles. Después de otros intentos en las décadas siguientes, Juan de Oñate fundó en 1598 el reino de Nuevo México.

Militares de alto rango visitaron la frontera en el siglo XVIII buscando siempre la mejor defensa posible frente a los ataques de apaches, comanches y otros grupos indígenas. El brigadier Rivera, por ejemplo, inspeccionó los presidios del Norte de 1724 a 1728 en un recorrido a caballo de más de doce mil kilómetros. Fray Junípero Serra fundó en California un rosario de misiones entre 1 769 Y su muerte, ocurrida en 1784. El malagueño José de Gálvez fue visitador de la frontera (1765-1771), y posterior mente ministro de Indias en Madrid. Felipe de Neve, otro andaluz, fue gobernador de California, y luego comandante general de las Provincias Internas.

Muy a principios del sigloXIX aparecieron en el Lejano Norte los primeros angloamericanos, inaugurando así la historia del Lejano Oeste en territorios hispanos. El teniente Zebulón Pike se presentó en Santa Fe en 1806. Fue arrestado y puesto en libertad, pero su informe a Washington atrajo hasta Nuevo México a los primeros tramperos y comerciantes angloamericanos. En 1821 se encontraron en Santa Fe el viejo Camino Real y el Santa Fe Trail, que empezaba en Independence (Missouri). La lucha por la independencia de Texas tuvo en la defensa de la antigua misión española de El Álamo el primer episodio y los primeros héroes de la historia del Oeste. Un bandido de leyenda como Billy el Niño y el tozudo sheriffpat Garrett se enfrentaron a muerte en 1881 en tierras de Nuevo México. En aquellos años, tuvo lugar en Tombstone (Arizona) el mítico tiroteo de O.K. Corral. Entre los muchos jefes indios de la frontera en el siglo XIX, ninguno más popular que el apache Gerónimo, rendido en 1 886 al ejército de los Estados Unidos, cansado de huir y de refugiarse una y otra vez en el lado mexicano de la frontera. «Norteños» como Pancho Villa tuvieron un papel importante en la Revolución Mexicana de 1810.

La vieja frontera del Gran Norte es hoy una realidad que palpita como el corazón de los millones de hispanos que desde San Antonio hasta Los Ángeles en California viven, sufren, trabajan y esperan una vida mejor mientras refuerzan con su lengua y su cultura la herencia recibida. Son hispanos que se dan la mano o se abrazan como hermanos de sangre con los millones de mexicanos que habitan en Coahuila, Chihuahua, Sonora o Baja California, por citar los estados más próximos a la línea internacional.

Volver Atrás

Los soldados españoles fueron la primera caballería de las fronteras de América del Norte, siglos antes de que apareciera el Séptimo de Caballería Los soldados españoles fueron la primera caballería de las fronteras de América del Norte, siglos antes de que apareciera el Séptimo de Caballería
Los soldados españoles fueron la primera caballería de las fronteras de América del Norte  Hispanos viejos de Nuevo México. La Sra. Vigil, aldea de Trampas (1965)  Mapa del Nuevo Mundo 
  2007. Fundación Cruzcampo, Avda. Andalucía 1, Sevilla, Teléfonos 954 979 999 - 954 979 653