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FIRMA INVITADA> Misterios y mentiras
Por Espido Freire
10/03/2008
Las mentiras no envejecen. Somos los humanos los que lo hacemos, los que encajamos poco a poco,
según nuestra edad, en las excusas de siempre: mi perro se ha comido los deberes, se decía, cuando
los niños compartían la merienda de pan y chorizo con los libros abiertos, y el perro preferido. El
cachorro, el más querido, el que no dejaba un zapato vivo y roía como un conejo los periódicos y
los cuadernos escolares, miraba con ojos cándidos mientras cargaba con la culpa de los deberes
olvidados, o mal hechos. Las mentiras de los niños carecen de importancia, pese a lo mucho que se
corrigen: son las de los adultos las poderosas, las que cuentan con peso y con poder para hacer
daño, para calcular la fuerza que poseen, y que de niño no pasaba de ser un escondite para el
miedo. La impresora no funciona, no hice copia de seguridad, no comprendo cómo funciona Windows han
sustituido al perrito, que nos enseñó lo sencillo que era rehuir la responsabilidad y culpar a
otro.
Se miente por muchas razones, casi ninguna de ellas justificada: por mantener una imagen que
ha costado mucho fraguar, por comodidad, por maldad pura. Se miente por amor, cuando el amor no ha
bastado para evitar un error (esto no es lo que parece, te juro que sólo ocurrió una vez, ella no
significa nada para mí, sí, el hijo es tuyo), porque a los hombres se les dijo que mintieran,
mintieran, mintieran a toda costa, incluso cuando fueran sorprendidos en lo obvio. Y porque a las
mujeres se las pidió que miraran hacia otro lado, que ocultaran celos, o sufrimiento, o rencores.
La seducción es un baile de medias verdades, de miradas sesgadas que llevan a un enajenamiento
transitorio. Cuando pasa el romance, regresa la verdad, y la verdad tiene la piel menos perfecta,
los calcetines por el suelo, los malos humores por la mañana.
Las falsedades se mantenían con rostro férreo, como custodios del qué dirán; a la mujer del
César, que debía ser intachable, se le suponía un deber de imposible cumplimiento. Nadie está a
salvo de la maledicencia, ni de los cotilleos despiadados. Ni siquiera una mayor cultura o
conocimiento nos han librado de ellas. Las críticas, justificadas o no, sirven como un método de
control social: que nadie se mueva, que nadie destaque. Mano a mano con la mentira camina la
envidia. Me han dicho que. Sí, la vieron con. A saber, cuándo se dice eso, qué habrá...
En la oficina, en los talleres, las palabras pérfidas son otras. Estoy liadísima, Ahora te lo
mando ¿Cómo que no lo has recibido? Se finge entonces creer al mentiroso, al que pocas veces se le
confronta. Se sabe, saben que se sabe, pero nada importa. El mentiroso se impone al que cuenta la
verdad, porque posee menos escrúpulos, y porque hace mucho tiempo que perdió el miedo al infierno,
a la censura, a la vergüenza o a las dobles, triples mentiras. En el trabajo no son las ausencias
injustificadas o las robadas a fumar las que mayor daño causan a la empresa. Son peores las excusas
que demoran lo que se ordenó, las acusaciones veladas, los arañazos por detrás de quien vuelve la
espalda.
Los escritores somos pródigos contadores de mentiras, como lo eran antes los bardos, como lo
son los actores, o los juegos de los niños. Érase una vez, y comieron perdices y fueron felices
para siempre, En un lugar de la Mancha... Esa mentira, la de inventar lo que nunca ocurrió, esponja
la imaginación; permite prever situaciones, y que los débiles se preparen para lo terrible. Todos
los cuentos de hadas juguetean con la muerte, o con el asesinato, algunos con el incesto, otros con
la tortura, y cuando se piensa, se combate el tabú. A la palabra se le concedió poder porque cuando
nombraba algo, surgía en la mente. Las historias no sucedidas se acumulaban en otra realidad, como
enseñanzas, y como pruebas de valor.
¿Tememos más a la verdad o a la mentira? En realidad, muchas veces lo que se ansía es la
ignorancia. Una vez sabido algo, ya no somos inocentes, ni cabe la indiferencia. Sólo el olvido, o
la mentira. Muchas de ellas nacen de esa ansia de fingir que no se sabe, que todo es un caos. No
todos somos curiosos, ni exploradores, ni coherentes, ni queremos hablar claro de lo que no
entendemos del todo. Los grandes misterios de la vida, los que nos cambian el cuerpo, la mente y
nos convierten en otra cosa, generan grandes mentiras: Vienen de París, los trae el médico en su
maleta, hay una semillita. Ponlo debajo de la almohada, y aparecerá una moneda. Se ha ido al cielo.
Casandra, la pobre profetisa con poco crédito, debería ser la santa patrona de los defensores
de la verdad. Cuando el caballo griego, con sus asesinos en el vientre, era acogido con júbilo,
ella gritaba en las almenas que se equivocaban, que sólo querían creer en una verdad aún no
demostrada. De no haber sido una princesa real, la hubieran asesinado. Cuando los troyanos
perecieron bajo las espadas de Aquiles, y de Ulises, y de Agamenón ¿qué se contarían? ¿Reconocerían
a Casandra lo cierto de su profecía, o, por el contrario, la odiarían por ello? Ah, canta, oh,
musa, la cólera de Aquiles...
Las mentiras perduran como piedras que marcan una tumba, tan sagradas como la verdad, y aún
más empleadas. Viven más que nosotros, y por eso de vez en cuando surge una verdad apenas creíble
sobre alguien muerto hace ya mucho tiempo. No debe hablarse de los muertos, se dice, pero a veces
quizás no sea esa la mejor solución: el silencio acusa, o calma, o hace que algunas verdades
importantes se olviden. Es, quizás, muy al contrario, hay que hablar, que atreverse, que mirar con
los mismos ojos cándidos del cachorrito acusado y no contar más mentiras que las imprescindibles:
las que nos contamos a nosotros mismos.
El vino y la cerveza ya no son saludables, según una normativa europea. No podemos asociar
tan milenarias bebidas a propiedades beneficiosas para la salud, aunque centenares de estudios
científicos realizados por instituciones independientes y de reconocido prestigio demuestran las
bondades de cada uno de los ingredientes que configuran la cerveza: cebada malteada, lúpulo,
levadura yagua. Los ortodoxos de lo dietéticamente correcto son capaces de abolir por ley lo que
civilizaciones humanas tan avanzadas como la sumeria, la egipcia o la cristiana nos han
certificado a lo largo de los últimos cinco mil años.
Desde la Fundación Cruzcampo y desde Heineken España, padres cerveceros de esta revista
cultural, siempre hemos promovido el consumo responsable y moderado de cerveza, advirtiendo en
todo momento de los riesgos que supone para la salud personal y colectiva una ingesta inadecuada.
Pocas campañas publicitarias han sido tan rotundas y formativas como la realizada por Cerveceros de
España para que bebiéramos siempre la cerveza con un dedo de «espuma y dos de frente». Estamos
convencidos de que la cerveza, consumida con moderación aporta nutrientes, refresca y fomenta las
relaciones cordiales. De lo contrario esta universal bebida no se hubiera incluido en la pirámide
alimenticia.
Guardaremos los estudios que relacionan la cerveza con las enfermedades coronarias, con la
hipertensión y la lucidez mental de los ancianos. No hablaremos de cualidades antioxidantes ni de
las ventajas del ácido fólico, ni siquiera de poderes diuréticos. Según la ex Ministra de Sanidad y
Consumo, Elena Salgado, el «alcohol daña tu cuerpo y tu cerebro». También la exposición al sol
puede causar lesiones irreparables a pieles y neuronas, pero en determinadas situaciones no hay
nada más sano que la fototerapia.
Manuel Losada Villasante, catedrático de Bioquímica y Biología Molecular, premio Príncipe de
Asturias de Investigación Científica y Técnica y discípulo de Severo Ochoa, nos dijo en cierta
ocasión que «en una copa de cerveza hay muchísima buena vida». Y todo un experto en el alma
humana, como el Cardenal Amigo Vallejo, nos comentó que la cerveza facilita el diálogo ecuménico
y estrechas relaciones personales y que «de vez en cuando la cerveza también hace milagros».
Para celebrar este nuevo encuentro cervecero, periodístico y cultural con todos los lectores
de BLANCO Y ORO, levantamos nuestra copa de Cruzcampo en cualquiera de sus versiones (Pilsen,
Selección, Light, Sin o Shandy) y brindamos convencidos: a nuestra salud, a la de todos.
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