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PORTADA> Córdoba, El norte del sur
La capital más septentrional de Andalucía otea su prometedor futuro encorsetada por una herencia inigualable que., al tiempo
que le reporta un nutriente caudal de referencias gloriosas, la sume con frecuencia en una melancolía paralizante. Callada, discreta y hasta enigmática, Córdoba es hoy, como lo ha sido en toda su historia, una ciudad imprescindible
10/03/2008
Córdoba no es una ciudad, sino un estado de ánimo. Dolidos de tanto esplendor pretérito y quejosos
de los estados carenciales del porvenir, no cuesta apreciar en los viandantes que transitan
despaciosos por el centro de la capital ese mal endémico que devasta a los lugares que algún día
fueron algo y que, hoy, miran resignados al pasado como quien se frota en la faltriquera el retrato
de una pasión imposible que uno sabe que se fue para siempre o, lo que es peor, que duerme acunada
entre otros brazos. El problema, la tragedia, es que el lecho de esa gloria se halla en Córdoba a
más de un milenio de distancia.
Hay quien se ha atrevido a rastrear el alma de las ciudades y ha logrado encontrar en la Roma
actual el pulso del Imperio, en Estambul el brillo de Constantinopla y en Atenas la sombra
sugerente de la cariátides. Quien se arriesgue a diseccionar la urbe que fundó Claudio Marcelo en
el siglo 11 antes de Cristo será sorprendido por un canto mudo y una letanía de lamentos que, sin
embargo, no acalla la huella de honor que han dejado en Córdoba quienes la han vivido y padecido
desde sus principios. Porque es cierto que aquí el viento de los siglos ha engrandecido el compleja
de inferioridad hacia esos tiempos perdidos en los que esta tierra era una colonia patricia romana
y, después, el centro del califato omeya, pero también es verdad que pocas capitales han sido
capaces de rentabilizar tanto un soneto de Góngora, un paseo de Cervantes en la Posada del Potro,
un tratado de Maimónides, un lienzo de Romero de Torres, una talla del imaginero Juan de Mesa, la
espada de Gonzalo Fernández de Córdoba -El Gran Capitán- o el sino del Duque de Rivas.
Ocurre que Córdoba enamora, acaso porque no hay amores más bellos que los inconquistables ni
besos más preciados que los que llevan el sello previo del desconsuelo y la soledad.
Sólo hay que ver las patrullas de turistas que esquivan cada día a las mujeres gitanas que
venden romero en los alrededores de la Mezquita-Catedral para constatar que todos ellos se
marcharán de vuelta a Tokio, a Estocolmo o a Cuenca con la certeza de que han pisado unas calles
que merecen mucho más que el foco de una cámara digital. Para reafirmarse en la singularidad de la
capital que se extiende entre el Guadalquivir y las primeras estribaciones de Sierra Morena basta
además con pedir cualquier mañana un café en la plaza de Jerónimo Paéz, donde se emplaza uno de los
museos arqueológicos más activos de Andalucía, y contemplar cómo las viejecitas que viven en La
Judería -a un paso de allí- suben y bajan solas a las tiendecitas del barrio de San Francisco en
busca de una telera -la pieza de pan más típica de la ciudad- y una docena de huevos: a mediodía,
una vez satisfechas las compras y la conversación justa y medida que es suficiente para toda la
jornada, las solteronas o viudas se encierran de nuevo en sus hogares de las calles Encarnación o
Martínez Rücker a cultivar el estoicismo y a mimar las plantas que serán públicas, como sus patios,
como sus vidas, durante una semana del mes de mayo.
Estas provectas vecinas se cruzan a veces en su camino con clérigos con maletín que acuden a
las reuniones del Cabildo o a los consejos de la poderosa caja de ahorros (Cajasur), con agentes
inmobiliarios que rastrean las plusvalías de un inmueble en ruina con estudiantes de Arte que
vienen con sus carpetas y sus manuales de la Facultad de Filosofía y Letras, con las fogosas
especuladoras del sexo que esperan en Rey Heredia a que un julio Romero de Torres llame a su puerta
para colgarlas en un lienzo, con representantes de la próspera industria joyera local que abastecen
a los comercios para turistas que circundan la Mezquita-Catedral y con redactores de los planes
estratégicos que sacan punta a los yacimientos del futuro redentor. Peones todos del tablero
desvaído en el que esta ciudad se juega los cuartos con el ansia y hasta la certeza de la fortuna.
y es que si hay carencias -¿dónde no existen?- también se han contado motivos para el optimismo en
los últimos años: ahí está la meritoria recuperación del río y su incorporación al núcleo urbano
con una nueva pasarela fluvial (la de Miraflores) y dos espléndidas zonas de esparcimiento
ciudadano anexas; ahí está la prodigiosa apertura del Plan Renfe tras el soterramiento de las vías
férreas, con sus edificios de vanguardia y su empuje innovador; y ahí están también las obras del
Parque Tecnológico Rabanales 21, o la puesta en marcha del Parque joyero en las afueras, un núcleo
fabril que aúna las últimas tendencias de venta y diseño del sector con la tradición orfebre
cordobesa y en el que se agrupan los empresarios más señeros de la ciudad.
El secreto oculto
Dice Antonio Muñoz Molina en «Córdoba de los Omeyas» que no es posible desvelar el secreto
oculto de la belleza de esta capital, mas cualquiera que asuma tal empeño lo tendrá más sencillo si
acepta ese reto en mayo. Es entonces cuando hay que perderse por las calles del Casco Histórico
declarado en gran parte Patrimonio de la Humanidad por la Unescosin mapas y sin guías, sólo
llevando los ojos bien abiertos, dispuestos a contemplar cómo la vida cotidiana se puede convertir
en una pieza de museo. Porque en el certamen popular de los patios -para el que el Ayuntamiento
también quiere una distinción de la ONU- reside lo más auténtico de esta ciudad. Se trata de la
única manifestación popular que a estas horas ha salido indemne de los préstamos de otras
provincias limítrofes y que, por suerte, también ha quedado a salvo del veneno chovinista. Sí, es
cierto que en el quinto mes del año hay otras fiestas, todas más populosas, todas más rentables,
todas más publicitadas, pero ninguna es tan íntima, ninguna está tan cuidada, ninguna es tan
esencial.
Sí, es verdad que en cuanto abril desaparece del calendario a las plazas de San Andrés, de
San Nicolás o de Santa Marina le crecen cruces floreadas que tienen su origen en las ofrendas
paganas por las cosechas pero que, al cabo, sólo han pervivido como rituales en torno a las
libaciones. Más allá de la penosa mercantilización de esta celebración, perdura felizmente el
espíritu con el que nació: el ánimo sano de la confraternización en la vía pública, el disfrute de
la calle cuando la temperatura es ya suave por la noche y la recreación colectiva y jubilosa en la
conversación intrascendente junto a los rincones más singulares del casco histórico.
No, tampoco miente quien cite la Feria de El Arenal o el ciclo taurino del Coso de los
Califas como otros dos sustentos del calendario festivo cordobés, mas la pluma o la tribuna que se
aventure a defenderlos con vehemencia ha de saber de antemano que está incurriendo en una impostura
imperdonable: cualquiera que haya paseado por el recinto ferial anexo al estadio del Córdoba Club
de Fútbol percibe que bajo el paraguas de la participación ciudadana, que tantas falacias cubre en
esta ciudad, se cobija con frecuencia el mal gusto. A eso no hay derecho. Porque ejemplos existen,
empero, que luchan por dignificar la festividad de Nuestra Señora de la Salud, por darle lustre al
hoy descompuesto paseo de caballos y por poner cierta racionalidad estética al recinto, por más que
las asociaciones que están embarcadas en esa empresa sean tachadas de apóstatas del carácter
abierto y popular de la Feria de Mayo. A ella no hay que faltar si uno quiere comprender algunas
claves de la capital y, sobre todo, si lo que persigue es la diversión. Que allí, en El Arenal,
abunda a golpe de sevillana, de rumba y de reggaeton.
Y no, no daña a la verdad aquel que incluya a la feria taurina en el catálogo de
celebraciones locales de mayo, que cierra el almanaque festivo a la par que pliegan velas las
casetas de El Arenal, exhaustas de tanto baile, de tanto vino, de tanto volante y de tantos excesos
reconstituyentes y hasta recomendables. Y claro, cuando los subalternos aprietan las manos en los
burladeros y suenan los clarines en los tendidos es fácil caer de nuevo en la trampa del pasado y
querer creer que en el Coso de los Califas son Lagartijo o Manolete -a ver qué hace Adrien Brody
con su memoria-los que se están dejando la vida para regar sus talegas con los apéndices y la
sangre de la inmortalidad, pero la buena afición de hoy, que alguna queda, llora junto a los
vomitorios porque las corridas coinciden con el ciclo de San Isidro y así no hay noticiario ni
periódico nacional que se haga eco de una faena en la plaza de la avenida de Gran Vía Parque. Por
sublime que sea. Además, el respetable tiene ya asumido que los diestros, salvo contadísimas y
honrosísimas excepciones, no se van a dejar en la arena tanto talento como en otras con más cartel:
prueba de ello es que llegó a pedirse hace dos años que Los Califas pasara a segunda categoría. Las
figuras consagradas -Finito, que es la efigie de luces preponderante en la ciudad- y las jóvenes
promesas -se cuentan varias, pero la devoción local se vuelca ahora hacia julio Benítez, el hijo de
El Cordobés, el heterodoxo quinto califa del toreo- no se merecen esas cábalas de despacho que
mancillan la nobleza del sacerdocio del capote y la muleta.
El itinerario de mayo
Es la hora de hacer un viaje por las calles y los lugares más queridos, de iniciar la ruta
predilecta con el propósito de ser justo con la ciudad que tanto puede y debe amar aquel que sepa
mirarla y entenderla, esto es, cualquiera que le exija únicamente lo que sabe que puede darle.
Estábamos en mayo: en el mayo de los patios. Bien. Hay que salir de casa a última hora de la tarde,
en la hora precisa en la que los propietarios de las viviendas que participan en el certamen
comienzan las tareas de riego. Hay que ir a la calle de la Palma en San Andrés, a Roelas y a
Trueque en San Lorenzo, a la calle de Enmedio en San Basilio, a Barrionuevo en San Pedro, a
Encarnación en la judería. Allí, hay que pisar la línea de sombra que separa la vida cotidiana y
privada de la que se abre al público, que es la de las petunias y las gitanillas, la de los
claveles en los tiestos turquesas, la de los broqueles oxidados, la de los pozos salvíficos, la de
las regaderas de latón y los útiles de cobre colgados en las paredes encaladas. Después, cuando los
portones echan el cerrojo hasta la amanecida siguiente, es necesario cumplir con las delicias
gastronómicas y los placeres del vino. Para ello hay que seguir a los hombres encanecidos que
caminan en la penumbra de las calles estrechas en dirección a la taberna Salinas, junto a la plaza
porticada de La Corredera, o de camino a las Beatillas en San Agustín, de Casa Pepe en La judería o
de Paco Acedo frente a la torre de la Malmuerta, donde Manolete, vecino de Santa Marina hasta que
Islero le mató, se comía los rabos de los toros a los que daba estoque. Salmorejo, berenjenas
fritas, flamenquines o bacalao casan bien con los frutos de la vid que se miman en las bodegas de
la Denominación de Origen de Montilla-Moriles, uno de los polos de desarrollo de la provincia junto
a la industria ganadera de Pozoblanco y al auge del s_c.tor d_\ mu_ble de Lucena, en el camino
costero hacia Málaga.
Entonces, cuando se encienden las tertulias en las barras de las antiguas casas de vinos,
también se afanan los tiradores de cerveza para complacer no sólo a los clientes de los locales del
casco histórico -donde, por cierto, Cruzcampo promueve un itinerario flamenco en las tabernas-,
sino también a los jóvenes parroquianos de los barrios de la periferia. Allí donde la huella urbana
conoce su frontera y da un esperanzador salto generacional -en El Zoco, en Arroyo del Moro o en El
Tablero- han florecido sucursales de la espuma y la cebada que acompañan los tubos con amplias y
nutritivas cartas a la medida de los ciudadanos de esos enclaves: gente de entre treinta y cuarenta
años que acaba de descubrir la paternidad y que apura las últimas horas del día degustando la
cocina típica lejos del Centro y a un paso de sus viviendas, compradas k precio de oro y que
terminarán de pagar cuando sus hijos superen la edad que ellos tienen ahora.
Quizás los habitantes de esas zonas de expansión de la capital lleven algún día a sus retoños
a las ruinas de Medina Azahara, asediada penosamente por el cáncer incívico de las parcelaciones
clandestinas, o los guíen de la mano por la calle judíos para rendir tributo a Maimónides y visitar
la Sinagoga, o tal vez les cuenten qué escribió Averroes o cómo llegó Abderramán a las orillas del
Guadalquivir desde Siria o quién era ese Fernando III que levantó las iglesias más singulares del
término municipal. Acaso esos infantes limpios de melancolía y de lágrimas pretéritas, de regreso a
sus pisos de las afueras, comprendan que en su inocencia habita la brújula para que esta ciudad del
sur encuentre el norte que se merece y que ya acaricia sin tener que mirarse a cada instante en su
refulgente pasado.
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La calleja de las flores es una de las calles más turísticas
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