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DELICATESEN> El privilegio de la veteranía
Por Isabel González Turmo
10/03/2008
No es fácil vivir con los sentidos cojos. Pero la edad trae lastres: para unos es la vista, para
otros el oído... Ramón estaba sordo. Los colegas del dominó le daban un toque cuando no ponía ficha
ni atendía a sus voces. Pero peor era lo de Anselmo o, al menos, eso pensaba él. Con el parkinson
apenas alcanzaba a llevarse la caña de cerveza a la boca. Lo que no terminaba de entender Ramón era
por qué volcaba siempre hacia la derecha, manchándose esa parte del bigote que era precisamente la
más canosa. Cada vez que bebía se le quedaba la mitad de blanco y la otra mitad negro. Al
principio, le daba una voz. Pero Bias y Antonio protestaban, porque gritaba mucho, así que decidió
callar. Con el tiempo, terminó por hacerle gracia. En cuanto traían las cañas, se quedaba embobado,
esperando a que Ramón se pintara medio bigote con espuma. Aquella mañana de mayo, los cuatro
ocupaban, como cada lunes, la primera mesa del bar Quina.
- Pito doble - le pareció que marcaban los labios de Antonio, que acababa de darle un toque
en el hombro. Amagó la seis pito, pero no había unos en la mesa, así que la retiró y volvió a mirar
a Antonio, porque Bias tenía glaucoma y no veía las fichas: había que explicarle, cada vez, cómo
iba la partí da y él tanteaba las suyas hasta encontrar la que necesitaba.
Ramón no puso ficha: la partida se había detenido; sus tres colegas lo miraban mientras
sostenían un botellín en alto. No era para brindar. De eso estaba seguro. ¡Ellos jamás brindaban!
Esa costumbre extranjera no había calado en los de su quinta, sino en las de sus hijos y nietos,
que por cualquier tontería se ponían a chocar los vasos. Ramón no terminó de entender lo que
querían decirle, hasta que Anselmo movió su dedo tembloroso en dirección a la barra y vio que Pepe,
el camarero, sostenía otro botellín igual. Nunca había visto esa marca.
- Quiere que la probemos - leyó en los labios de Bias, que movía entre sus dedos uno de los
botellines, intentando leer al tacto lo que sus ojos no alcanzaban a ver.
- Dice que la probemos nosotros, que somos los clientes más antiguos, a ver qué nos parece -
insistió Anselmo, sin que Ramón comprendiera el final de la frase. No le hacía falta entender más:
sabía que Pepe les preguntaba porque eran los clientes más antiguos y porque BIas y él habían
vivido muchos años en Alemania. ¡Nada menos que en Munich, donde hacen la feria de la cerveza!
Ramón se llevó la cerveza a los labios, al tiempo que Antonio y Anselmo hacían lo mismo, pero
Bias prefirió olerla primero. No podía ver el brillo rubio bajo la blanca espuma, pero sí detectaba
el olor de los esteres.
- Huele a fruta - sentenció antes de beber
- ¿Te -acuerdas, Ramón, de aquella cerveza que tomábamos los lunes en la Marien Platz?
Ramón sólo llegó a leer en sus labios las dos últimas palabras, pero fueron suficientes para
comprender que Bias estaba recordando la Paulaner, aquella cerveza rubia que disfrutaron durante
veintiocho años. Era el único lujo que su vida de inmigrantes les brindaba con regularidad.
Mientras tanto, Antonio observaba el vaso con atención ceremonial. Nunca había tenido un
olfato fino y, con los años, había dejado de oler lo bueno y lo malo, pero tenía la vista que le
faltaba a Bias. Con el brazo estirado, giraba el vaso, como si esa contemplación le permitiera
saborearla.
- Bias -murmuró casi en una confidencia- tiene reflejos ámbar, como tú decías de la alemana.
Bias sonrió, agradecido.
Sólo faltaba Anselmo, siempre más lento. Había acercado la cerveza a su nariz, intentando
imitar a Bias, pero, en su tembleque, apenas había conseguido retenerla unos segundos delante de la
cara; los suficientes para que una mota blanca de espuma quedara suspendida de la alargada punta de
su nariz. Ramón lo vigilaba con ternura, pero estaba ausente de las voces que le daban sus colegas,
procurando explicar el origen de la nueva cerveza. Tomó el segundo sorbo y percibió el cuerpo de la
cerveza, su frescor, su amargor... Por fortuna, podía paladearla. Desde su silencio, pensó que, de
todas formas, no sabría igual sin los colegas. Si algo le gustaba de la cerveza es que siempre la
había bebido con amigos. Ahora que todos tenían los sentidos cojos sabía aún mejor. Y es que, para
el que sabe, la vida no resta: suma y multiplica. Sólo hay que acercarse al placer con el corazón
abierto y, a ser posible, acompañado.
La percepción sensorial puede ser perfecta, pero también parcial y compartida. El experto
ejerce su maestría desde la plenitud solitaria de sus facultades. El bebedor aficionado puede
apostar, sin embargo, desde su sabiduría por la interacción de su percepción con las de los demás.
Por eso no importa que sus facultades vayan mermando. Igual que la circulación periférica es capaz
de suplir a la arterial, la experiencia y la amistad pueden ofrecer conocimientos que no son
entregados a quienes gozan, en solitario, de su capacidad. Beber es un medio, un modo, un camino,
que cuando se recorre acompañado enseña tanto a beber como a vivir. Pero eso se suele aprender con
los años. El joven suele buscar el efecto, el adulto le añade el sabor, pero es el viejo quien
extrae lo mejor.
La alimentación es una compleja actividad de la que siempre se puede aprender. Del nacimiento
a la muerte, de la mañana a la noche, desde lo evidente hasta lo inaprensible... la vida fluye
alrededor del alimento, construyendo múltiples significaciones. Es nutrición, satisfacción
personal, sociabilidad, comunicación... Alrededor de la mesa o con el brazo apoyado en la barra, se
aprende a escuchar, a pensar, a estar y también a exponerse a los sentidos de los demás. Beber es
un placer, pero compartir, a través de la bebida, lo que se tiene y lo que falta, lo es aún más.
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Isabel González Turmo
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