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CARTA DEL PRESIDENTE> La competencia ética
Por Carlos de Jaureguízar
10/03/2008
Las mentiras no envejecen. Somos los humanos los que lo hacemos, los que encajamos poco a poco,
según nuestra edad, en las excusas de siempre: mi perro se ha comido los deberes, se decía, cuando
los niños compartían la merienda de pan y chorizo con los libros abiertos, y el perro preferido. El
cachorro, el más querido, el que no dejaba un zapato vivo y roía como un conejo los periódicos y
los cuadernos escolares, miraba con ojos cándidos mientras cargaba con la culpa de los deberes
olvidados, o mal hechos. Las mentiras de los niños carecen de importancia, pese a lo mucho que se
corrigen: son laLa literatura sobre el mundo de los negocios ha sido más proclive a presentamos
seres egoístas, hombres y mujeres movidos por la codicia y el afán irrefrenable de lucro personal,
que a glosar las excelencias de los emprendedores y generadores de riqueza social. Aristóteles era
extremadamente duro con quienes practicaban el chrematisike, comercio desprovisto de toda virtud y
alimentado por la usura. Los primeros cristianos, con San Pablo a la cabeza, también fueron
críticos con los 'empresarios de la época' y el mismísimo jesús expulsó a los mercaderes del
templo. El «mito de los negocios amorales» subyace por desgracia no sólo entre los críticos de la
economía de mercado, sino también entre muchas personas que adivinan en algunas prácticas
empresariales comportamientos poco éticos.
Pero el mundo sería muy diferente, más cercano a las cavernas o a los sistemas feudales, sin
la amplia nómina de empresarios y emprendedores que han facilitado el avance social. Personas para
quienes la justa remuneración a su esfuerzo empresarial ha sido un reflejo del progreso de la
sociedad a la que han servido. Desde hace décadas cobra especial relieve una asignatura de obligada
enseñanza en las Escuelas de Negocios y de imperioso cumplimiento en la actividad cotidiana: la
ética empresarial. Por encima incluso del Derecho existen unos principios morales que orientan al
mundo de los negocios hacia el bien común y lo alertan de los males que conlleva el obtuso egoísmo
económico.
Manuel OJivencia, uno de los mejores especialistas en Derecho Mercantil del mundo y autor del
código español del buen gobierno de la empresa, que por cierto lleva su nombre, decía en estas
mismas páginas de BLANCO Y ORO que es la «norma jurídica la que añade imperatividad a los deberes
éticos». Sin embargo, en una sociedad moderna, globalizada, ciberconectada y en la que los cambios
se producen a velocidad vertiginosa, las leyes no bastan para regular un mercado cada vez más
complejo y competitivo. Allí donde todavía no llega el Derecho, por exceso o defecto, se impone la
norma ética.
La competencia es necesaria e imprescindible para la existencia de un mercado libre, donde
las transacciones sean transparentes y los beneficios superen la mera barrera de los agentes
económicos. Es cierto, como nos recuerda Robert C. Solomon, que la competencia viene emparejada
muchas veces con comportamientos poco éticos. Cita la corrupción, el trabajo infantil y las
prácticas medioambientales poco sostenible s como ejemplos aberranteso No todo vale en el mundo
empresarial. Todas las sociedades que configuran un mercado, todas sin excepción, están obligadas a
mantener unas prácticas de competencia ajustadas a la legalidad.
En Heineken España concebimos el negocio cervecero como un compromiso responsable de calidad,
de servicio comunitario y de sostenibilidad de la actividad productiva generadora de riqueza.
Siempre he dicho que, además de por nuestras marcas y por el servicio que prestamos a clientes y
consumidores, queremos ser identificados por nuestros valores y conductas sociales. Procuramos ser
más eficientes que nuestros competidores, más ágiles a la hora de satisfacer las necesidades del
mercado. Nuestras herramientas para el éxito son la innovación, la calidad, el servicio y el
compromiso con nuestro entorno; nunca el atajo torticero o la artimaña deshonesta.
Conceptos, hoy tan de moda, como la responsabilidad social corporativa, desarrollo sostenible
o la cultura empresarial basada en valores han estado presentes en la historia del Grupo Heineken
desde su fundación en Amsterdam hace casi 150 años y forman parte prioritaria de nuestra filosofía
empresarial. La defensa del medio ambiente, nuestra política de protección del agua, ahorro de
energía y una gestión empresarial ética y responsable han logrado que Heineken sea una institución
querida y respetada en los más de 170 países donde opera.
Cuando una empresa mantiene y afianza su liderazgo después de siglo y medio de actividad
industrial en todo el mundo es porque en su búsqueda de la excelencia empresarial no se ha limitado
a satisfacer en exclusiva las legítimas aspiraciones económicas de sus propietarios y accionistas,
sino que se ha imbricado en la sociedad en la que opera con planteamientos éticos y fuertes lazos
de apoyo ciudadano. Hemos repetido en varias ocasiones que quien más recibe de la sociedad está
obligado en mayor medida que otros a contribuir a su progreso y bienestar.
En tal sentido, si la conducta ética y el respeto a la norma jurídica no presiden además las
relaciones con los competidores, el mercado deja de ser libre y se resquebraja uno de los pilares
sobre los que asientan las sociedades democráticas. Con los competidores no se libran 'batallas' ni
'guerras sin cuartel', sino una sana y enriquecedora competición que tiene como objetivo final el
progreso colectivo y en la que todos deben respetar todas las reglas de juego. Es responsabilidad
de las administraciones la promulgación de normas justas y la vigilancia del espacio mercantil para
que siempre triunfe el bien común. De todas formas, el pueblo es sabio y tarde o temprano termina
repudiando a los tramposos
s de los adultos las poderosas, las que cuentan con peso y con poder para hacer daño, para
calcular la fuerza que poseen, y que de niño no pasaba de ser un escondite para el miedo. La
impresora no funciona, no hice copia de seguridad, no comprendo cómo funciona Windows han
sustituido al perrito, que nos enseñó lo sencillo que era rehuir la responsabilidad y culpar a
otro.
Se miente por muchas razones, casi ninguna de ellas justificada: por mantener una imagen que
ha costado mucho fraguar, por comodidad, por maldad pura. Se miente por amor, cuando el amor no ha
bastado para evitar un error (esto no es lo que parece, te juro que sólo ocurrió una vez, ella no
significa nada para mí, sí, el hijo es tuyo), porque a los hombres se les dijo que mintieran,
mintieran, mintieran a toda costa, incluso cuando fueran sorprendidos en lo obvio. Y porque a las
mujeres se las pidió que miraran hacia otro lado, que ocultaran celos, o sufrimiento, o rencores.
La seducción es un baile de medias verdades, de miradas sesgadas que llevan a un enajenamiento
transitorio. Cuando pasa el romance, regresa la verdad, y la verdad tiene la piel menos perfecta,
los calcetines por el suelo, los malos humores por la mañana.
Las falsedades se mantenían con rostro férreo, como custodios del qué dirán; a la mujer del
César, que debía ser intachable, se le suponía un deber de imposible cumplimiento. Nadie está a
salvo de la maledicencia, ni de los cotilleos despiadados. Ni siquiera una mayor cultura o
conocimiento nos han librado de ellas. Las críticas, justificadas o no, sirven como un método de
control social: que nadie se mueva, que nadie destaque. Mano a mano con la mentira camina la
envidia. Me han dicho que. Sí, la vieron con. A saber, cuándo se dice eso, qué habrá...
En la oficina, en los talleres, las palabras pérfidas son otras. Estoy liadísima, Ahora te lo
mando ¿Cómo que no lo has recibido? Se finge entonces creer al mentiroso, al que pocas veces se le
confronta. Se sabe, saben que se sabe, pero nada importa. El mentiroso se impone al que cuenta la
verdad, porque posee menos escrúpulos, y porque hace mucho tiempo que perdió el miedo al infierno,
a la censura, a la vergüenza o a las dobles, triples mentiras. En el trabajo no son las ausencias
injustificadas o las robadas a fumar las que mayor daño causan a la empresa. Son peores las excusas
que demoran lo que se ordenó, las acusaciones veladas, los arañazos por detrás de quien vuelve la
espalda.
Los escritores somos pródigos contadores de mentiras, como lo eran antes los bardos, como lo
son los actores, o los juegos de los niños. Érase una vez, y comieron perdices y fueron felices
para siempre, En un lugar de la Mancha... Esa mentira, la de inventar lo que nunca ocurrió, esponja
la imaginación; permite prever situaciones, y que los débiles se preparen para lo terrible. Todos
los cuentos de hadas juguetean con la muerte, o con el asesinato, algunos con el incesto, otros con
la tortura, y cuando se piensa, se combate el tabú. A la palabra se le concedió poder porque cuando
nombraba algo, surgía en la mente. Las historias no sucedidas se acumulaban en otra realidad, como
enseñanzas, y como pruebas de valor.
¿Tememos más a la verdad o a la mentira? En realidad, muchas veces lo que se ansía es la
ignorancia. Una vez sabido algo, ya no somos inocentes, ni cabe la indiferencia. Sólo el olvido, o
la mentira. Muchas de ellas nacen de esa ansia de fingir que no se sabe, que todo es un caos. No
todos somos curiosos, ni exploradores, ni coherentes, ni queremos hablar claro de lo que no
entendemos del todo. Los grandes misterios de la vida, los que nos cambian el cuerpo, la mente y
nos convierten en otra cosa, generan grandes mentiras: Vienen de París, los trae el médico en su
maleta, hay una semillita. Ponlo debajo de la almohada, y aparecerá una moneda. Se ha ido al cielo.
Casandra, la pobre profetisa con poco crédito, debería ser la santa patrona de los defensores
de la verdad. Cuando el caballo griego, con sus asesinos en el vientre, era acogido con júbilo,
ella gritaba en las almenas que se equivocaban, que sólo querían creer en una verdad aún no
demostrada. De no haber sido una princesa real, la hubieran asesinado. Cuando los troyanos
perecieron bajo las espadas de Aquiles, y de Ulises, y de Agamenón ¿qué se contarían? ¿Reconocerían
a Casandra lo cierto de su profecía, o, por el contrario, la odiarían por ello? Ah, canta, oh,
musa, la cólera de Aquiles...
Las mentiras perduran como piedras que marcan una tumba, tan sagradas como la verdad, y aún
más empleadas. Viven más que nosotros, y por eso de vez en cuando surge una verdad apenas creíble
sobre alguien muerto hace ya mucho tiempo. No debe hablarse de los muertos, se dice, pero a veces
quizás no sea esa la mejor solución: el silencio acusa, o calma, o hace que algunas verdades
importantes se olviden. Es, quizás, muy al contrario, hay que hablar, que atreverse, que mirar con
los mismos ojos cándidos del cachorrito acusado y no contar más mentiras que las imprescindibles:
las que nos contamos a nosotros mismos.
El vino y la cerveza ya no son saludables, según una normativa europea. No podemos asociar
tan milenarias bebidas a propiedades beneficiosas para la salud, aunque centenares de estudios
científicos realizados por instituciones independientes y de reconocido prestigio demuestran las
bondades de cada uno de los ingredientes que configuran la cerveza: cebada malteada, lúpulo,
levadura yagua. Los ortodoxos de lo dietéticamente correcto son capaces de abolir por ley lo que
civilizaciones humanas tan avanzadas como la sumeria, la egipcia o la cristiana nos han
certificado a lo largo de los últimos cinco mil años.
Desde la Fundación Cruzcampo y desde Heineken España, padres cerveceros de esta revista
cultural, siempre hemos promovido el consumo responsable y moderado de cerveza, advirtiendo en
todo momento de los riesgos que supone para la salud personal y colectiva una ingesta inadecuada.
Pocas campañas publicitarias han sido tan rotundas y formativas como la realizada por Cerveceros de
España para que bebiéramos siempre la cerveza con un dedo de «espuma y dos de frente». Estamos
convencidos de que la cerveza, consumida con moderación aporta nutrientes, refresca y fomenta las
relaciones cordiales. De lo contrario esta universal bebida no se hubiera incluido en la pirámide
alimenticia.
Guardaremos los estudios que relacionan la cerveza con las enfermedades coronarias, con la
hipertensión y la lucidez mental de los ancianos. No hablaremos de cualidades antioxidantes ni de
las ventajas del ácido fólico, ni siquiera de poderes diuréticos. Según la ex Ministra de Sanidad y
Consumo, Elena Salgado, el «alcohol daña tu cuerpo y tu cerebro». También la exposición al sol
puede causar lesiones irreparables a pieles y neuronas, pero en determinadas situaciones no hay
nada más sano que la fototerapia.
Manuel Losada Villasante, catedrático de Bioquímica y Biología Molecular, premio Príncipe de
Asturias de Investigación Científica y Técnica y discípulo de Severo Ochoa, nos dijo en cierta
ocasión que «en una copa de cerveza hay muchísima buena vida». Y todo un experto en el alma
humana, como el Cardenal Amigo Vallejo, nos comentó que la cerveza facilita el diálogo ecuménico
y estrechas relaciones personales y que «de vez en cuando la cerveza también hace milagros».
Para celebrar este nuevo encuentro cervecero, periodístico y cultural con todos los lectores
de BLANCO Y ORO, levantamos nuestra copa de Cruzcampo en cualquiera de sus versiones (Pilsen,
Selección, Light, Sin o Shandy) y brindamos convencidos: a nuestra salud, a la de todos.
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Carlos de Jaureguízar
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